La terrible sensación de hundirse mientras pataleas
- Esteban Darquea Cabezas

- Jan 30
- 3 min read
Un señor con barba roja y un par de canas me miraba a través de la pantalla. Traía unos lentes de marco rojo y detrás suyo un enorme mueble lleno de libros, de varios colores y tamaños, uno al lado del otro.
— ¿Te sucede a menudo que te dicen el nombre de una persona y lo olvidas a los cinco segundos? — dijo el extraño, como que me estuviese hablando directo a mí— ¡Desbloquea tu cerebro y recuerda cientos de nombres y muchos más detalles que te servirán en tu vida diaria, en el trabajo y en tus relaciones! —
Me quedé mirando un rato la pantalla, deseando oprimir el botón de la esquina inferior derecha que dice omitir, pero no lo hice, seguí mirando el resto de los noventa segundos del anuncio comercial. Somos testigos de un brutal bombardeo de cientos de estos anuncios que buscan crear seres humanos super productivos; que recuerdan datos y que logran convencer a otras personas mediante la programación neurolingüística y un montón de otras técnicas y herramientas para ser más y producir más.

Entonces, mientras veía ese video del hombre de barba roja, sentí esa terrible sensación de que nos estamos hundiendo mientras pataleamos y nadamos con todas nuestras fuerzas, en contra de un mar que lentamente nos va succionando hacia abajo, hacia el abismo. Ese mar, son las máquinas.
No podemos competir ni siquiera con la versión de Excel más básica en cuanto al procesamiento de datos. Ni se diga con la tecnología que hay ahora — la que está libre para el público y por supuesto aquella que sigue en investigación. Hace poco le preguntaron al campeón mundial de ajedrez si jugaba en su celular. Él dijo que no, porque no le podía ganar.
¡El campeón mundial de ajedrez, no juega en su celular porque no tiene ninguna posibilidad de ganarle!, entonces pienso — ¿Y el resto de nosotros?
Por eso me divierte ese patético intento en vano de seguir en la cantaleta de que, al comprar ese curso de $197 que salió en el anuncio de YouTube, tendrás una ventaja competitiva contra una máquina. Jamás en la vida. Nunca va a suceder. El debate cae en la misma página que enfrentar a un ser humano — y no cualquier ser humano, al ser humano más grande y fuerte que exista — contra un gorila de espalda plateada. No existe ni una posibilidad de que el humano salga vivo de ese confrontamiento, ni en este universo, ni en cualquier otro.
En esa misma carrera estamos enfrentados contra el poder de las máquinas y su aterradora evolución en progresión geométrica. Lo que alguna vez ostentábamos como nuestra mayor virtud — ser los animales más inteligentes de este planeta — poco a poco va quedando como un slogan del pasado. Los libros de historia algun día se referirán a nosotros como: los primates que creyeron ser los amos del universo.
Probablemente no este aquí para verlo y capaz eso nunca pase. A lo mejor las máquinas lleguen a una meseta y allí se estanquen, quien sabe. De lo único que estoy seguro en este momento, es que existe una inusual prostitución de estos cursos que venden humo para tratar de parar lo inevitable. Y yo me siento salpicado por esas gotas que caen del pataleo desesperado para mantenerse a flote, aún sabiendo que no hay un atisbo de esperanza en el horizonte.
El agua caliente de la ducha me golpeaba la parte de atrás de la nuca, cuando pensé — No puedo terminar el ensayo de esa manera. Qué clase de persona predica el espíritu samurái diariamente y en un mal día bota todo al carajo, prematuramente matando la esperanza de toda la especie — En ese momento, pensé: Qué tal si, en lugar de patalear, solo estiramos las piernas y llenamos el abdomen con aire. Luego, con el sol golpeándonos en la cara, el susurro del mar y el graznido de las aves marinas, nos dejamos llevar por la primera corriente que nos encuentre.
A lo mejor no es necesario pelear contra las máquinas. No será necesario pelear contra los robots que nos quitan los trabajos. No será necesario convertirnos en algo que no somos, para pelear una batalla que nunca podremos ganar. Mucho más sensato creo que será sacarle provecho a esas cualidades que nos diferencian del metal frio y los microprocesadores.
Esas cualidades únicas que afloran cuando vemos un perro bajo la lluvia y lo llevamos a casa para darle comida y abrigo. O aquellos extraños que llegan con comida para una familia cuyo padre y único sostén, perdió el trabajo la semana antes de navidad. Esas cualidades que, a lo mejor no pueden crear algoritmos super complejos que se ocupan de billones de tareas simultaneas, pero que sirven para mitigar el sufrimiento de una persona hundida en depresión y darle una ligera brisa de esperanza de que la vida sí vale la pena ser vivida.
Con eso me quedo.
ED






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