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Las Letras Pequeñas Antes de Entrar al Paraíso

“Todo depende de cómo vemos las cosas y no de cómo son en realidad.” -Carl G. Jung

Quizá nunca publique estas líneas o a lo mejor mi ego me obligue a hacerlo. Tal vez no mañana, ni esta semana, ni este año. Pero algún día yo mismo diré —¡Cómo no publicar estas maravillosas palabras, quién no querrá verlas, ponerlas en práctica, usarlas como un manual de vida! — así es el ego, quiere ser el centro de atención. No puede tolerar que estas palabras se disuelvan en la nada, como tantas otras miles de millones de palabras de otras almas que buscan ser leídas y escuchadas. Alivia la angustia de vivir, digo yo. Lo mismo sucede cuando leo palabras de otros y me digo a mi mismo — Eso es lo que yo pienso, pero nunca lo hubiese podido plasmar en palabras. Entonces, de tanto pensar, me pierdo, abstraído en mi mismo.

Mi mente pasa la mayor cantidad del tiempo enfocada en técnicas y estrategias de pelea. Preguntas eternas y una permanente investigación sobre los orígenes de los sistemas de combate que existen en la actualidad y otros que seguramente se extinguieron con el pasar de la historia. Estudio, leo, reviso, anoto, escribo y pienso solamente en el arte del combate. Trato de entender el mundo, a los humanos, la vida misma, a través de la lucha.


Pero va más allá del cliché de que “la vida misma es una lucha”. Trato de entender todo, literalmente todo, a través de un enfrentamiento físico entre dos o más personas. El humano — por si no se han dado cuenta — puede ser realmente aterrador, sobre todo cuando sucumbe ante el hombre-masa, es decir, la multitud que cobra consciencia propia. Aquella terrible tormenta que produce el hombre-masa es difícil de prevenir. Esa violencia absurda y sin sentido la vemos a menudo en un mitin político, en un partido de fútbol, en una competencia escolar de atletismo, hasta en manifestaciones pacíficas. En cualquier momento puede estallar una ola de violencia y me intrigan las diferentes maneras en las que reaccionan las personas.


Paradise Lost, Salvador Dalí, 1974

Y así, un día, nos llega la noticia de una persona que salió de su casa a la Universidad, y no regresó más. Miles de publicaciones con un hashtag ingenioso capaz de viralizarse y llegar a miles de personas. Marchas y protestas para devolver sana y salva a esa persona a manos de su familia. Hasta que un día, después de una larga y tormentosa espera, todos los curiosos pendientes de las redes sociales se enteran de la triste e inevitable realidad. Aquella persona aparece cortada en pedazos, sus restos mutilados amontonados en fundas de basura y luego tirados en algún vertedero. Nuevamente, marchas, protestas, incendios, gritos desesperados y violencia sobrecargada de ignorancia y resentimiento. Pero no hay cambios estructurales. Hace algunos días fui criticado (en redes sociales obviamente) alegando que yo soy parte del patriarcado opresor, por el hecho de sugerir que todas las personas deberían aprender a defenderse — ojo, en ningún momento mencioné la palabra mujer. Entonces me di cuenta que el fanatismo puede borrar incluso la mejor de las intenciones, cambiándolas por algo mucho peor: resentimiento, odio y más violencia. Después de todo, nunca fue ellos contra ellas, sino gente buena contra gente mala.


La indignación se convierte en ansiedad. La espuma de la ola aún sigue fresca y la gente toma acción. Se inscriben en una academia de artes marciales para aprender a defenderse. Excelente, este es el primer paso —  y algunas veces el más importante. Se entusiasman, van dos días, una semana y algunas cumplen el mes. Hasta que llega el día en el que vence la pereza. El status quo de nuestra sociedad me recuerda a esos engorrosos contratos de vinculación a una empresa telefónica o a los términos y condiciones de una aplicación que descargamos en el celular. Lo único que buscamos es llegar al botón que nos permita aceptar lo que sea que nos están proponiendo. Podemos vender hasta el alma al diablo, si no sabemos leer las letras pequeñas. Y lamentablemente todos lo hemos hecho y lo haremos miles de veces antes de morir. Así es la naturaleza del hombre. Somos mal llevados, como dicen en nuestra cultura.


Digo esto con la más pura intención de generar consciencia. Todo lo que vale la pena en esta vida, está sujeto a las letras pequeñas del contrato. Si no dedican el tiempo suficiente, las miles de horas de estudio, el trabajo duro y la concentración absoluta en la tarea, no llegarán a ningún lado. Sin estos pequeños sacrificios, sin leer las letras pequeñas del contrato que están firmando, prepárense para las más terribles desilusiones. Y lo peor es que la desilusión destruye sueños.


En fin. Lean las letras pequeñas, antes de entrar al paraíso.


ED


“No existe ningún ser humano lo bastante fuerte e inteligente para evitar mediante palabras o acciones el destino fatal que le deparan las leyes inevitables de su propia naturaleza y carácter”. Sándor Márai

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