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Hogar

Parte 1


Mi nombre es Julio Salomón Montesdeoca y esta es mi historia.



Fui parte del primer grupo de experimentación en las salas blancas. Salí de ahí hace poco menos de dos años y aún tengo secuelas a causa de esos años de encierro. Los niños sin sueños (NSS) nos llaman, a pesar de que mi niñez parece una estrella a miles de años luz en el medio del universo.


La sala blanca era un espacio enorme, las paredes blancas brillantes, el piso de lona blanca y el techo lleno de focos blancos que se mezclaban con el cielo raso y mantenían la sala alumbrada el día entero. Nos metían ahí desde pequeños, cada uno en una habitación. Su macabro objetivo era registrar la actividad cerebral e intentar descifrar lo que sueña una persona que pasa encerrada en un lugar así ¿Qué puedes soñar si no has visto nada más que blanco toda tu vida?


Mi nombre lo tengo tatuado en la parte externa de mi muslo derecho. El momento antes de ingresarnos a las salas blancas, aun bebés, nos ponen en una especie de línea de producción y nos van tatuando a todos los NSS. Después nos van colocando en nuestras salas blancas y nos dejan ahí, solos, desamparados, en medio de ese espacio blanco, desolado y aterrador. Las políticas de seguridad y confidencialidad del Ministerio del Interior evitan que cualquier tipo de información sobre el funcionamiento de las instalaciones ALPHA sean de conocimiento público. ALPHA es la empresa contratada para ejecutar el programa EFH (Experimentos en Favor de la Humanidad) del Ministerio del Interior.


En total fueron veinte y un años encerrado ahí dentro de las salas blancas. Salimos dieciséis de los doscientos individuos que entramos la primera vez. El resto tuvo complicaciones, cómo dicen los doctores.


- Montesdeoca Julio Salomón - anunciaron los parlantes de la asamblea.


La asamblea era un galpón enorme, donde nos reunía el gobierno central cuando habían eventos masivos. Enseguida me levanté de la banca, donde esperé alrededor de cinco horas, junto a otros miles de candidatos para el proyecto de reubicación, parte del programa EFH. Me había inscrito para el viaje a Marte hace seis meses, y la semana pasada recibí la respuesta para venir al examen psicológico y físico, requisito para todos los candidatos.


Solo eligen a diez.


- Buen día Sr. Montesdeoca, sáquese la ropa y déjela ahí - me ordenó la enfermera, señalando hacia unos casilleros de metal.


Enseguida me llevó por unos pasillos largos y oscuros que terminaban en una sala donde había una máquina caminadora, un escritorio y una camilla de hospital.


- Tiene diez horas para completar los dos exámenes - dijo sin levantar la mirada de su ordenador portátil - Su tiempo comienza ahora - La enfermera salió y me dejó ahí dentro en ropa interior. Un enorme reloj en la pared empezó el conteo regresivo 10:00:00...09:59:59...09:59:58


- Buenos días Julio - dijo una voz desde los parlantes dentro de la sala.


Esa voz, idéntica a la que había estado acostumbrado durante veinte y un años de estadía en la sala blanca, hizo que se me ericen los pelos de la nuca.


- Vamos a empezar con el examen físico - la caminadora empezó a funcionar a una velocidad moderada, me subí en ella y empecé a trotar. Mientras trotaba la voz me explicó que debemos completar la prueba física a un paso continuo, evitando que el ritmo cardiaco pase de determinada frecuencia - determinada según mi edad.


Terminé en poco menos de nueve horas , el examen psicológico vino después. Esencialmente lo que buscaban eran candidatos que sobrevivan las presiones físicas del viaje y que - una vez dentro de la órbita que nos lleva a nuestro destino - no nos volvamos locos y asesinemos al resto de la tripulación. El viaje a Marte duraba aproximadamente 300 días, dependiendo de varios factores. Los ingenieros, matemáticos, astrofísicos del programa hacían lo posible para encontrar números lo más cercanos a la realidad, pero siempre había un ligero margen de error.

El programa EFH había tenido algunos cuestionamientos acerca de sus operaciones. Había mucho secretismo y burocracia dudosa dentro de su funcionamiento y rara vez daban comunicados oficiales. Alrededor del veinte porciento del presupuesto del estado era destinado al Ministerio del Interior y el programa EFH era el hijo mimado de esta institución. Las salas blancas, por ejemplo, desde sus inicios fueron objeto de protestas a causa de su macabra función, pero cada vez se oían menos. Las represalias en contra de los protestantes era cada vez mas salvajes. El Ministerio del interior tenía poderes que estaban sobre el estado de derecho, si es que aún existe tal cosa en nuestra sociedad.


Me voy de aquí por varias razones. Pero todo empezó cuando cometí el error de mirar un documental acerca de nuestro planeta en el siglo XX. Todo era verde, el océano era azul, habían animales y plantas por millones. Mientras reviso el nivel del oxígeno de mi tanque portátil, imagino el placer que debe haber sido salir a las calles sin esta máscara. La lluvia corroía todo, en el siglo XX la llamaban lluvia ácida, ahora es solo lluvia. He visto gente con quemaduras de tercer grado por no tener como refugiarse en esos días lluviosos ¿Qué clase de especie hace eso con su propio hogar? Veo mi planeta desolado y gris, luego de haber pasado veinte y un años en una sala blanca. El planeta rojo me llama la atención.


El próximo viernes me voy a Marte.


Aún recuerdo la primera vez que vi ese enorme planeta rojo, habitable para los seres humanos desde hace cincuenta y tres años. Somos pocos los que tenemos la posibilidad de ir y solo había dos maneras de hacerlo. El primer grupo, el grupo X, estaba reservado para personas que pagan su cupo y aquellos funcionarios cercanos al gobierno central. El grupo Y, era reservado para nosotros, los desechables, voluntarios sin nada que perder que íbamos de carne de cañón. Nuestra misión era encontrar y explorar las zonas muertas, es decir aquellas zonas que aún estaban inhabitables y buscar la manera de hacerlas habitables, a costa de nuestras propias vidas.


Prometeo era el nombre de la primera zona viva de Marte. Ahí se asentó la primera civilización de seres humanos, completamente sostenible, sin necesidad de viajes frecuentes con provisiones desde la Tierra. Era un enorme complejo circular cubierto por un domo transparente. Las conexiones vitales para sostener la vida ahí en Prometeo cruzaban el diámetro del gigantesco domo por la parte superior, cientos de kilómetros de cables y tuberías para mantener vivos a los privilegiados que llegaron hasta allá.


Seguramente los mensajes que llegan a los oídos de la sociedad general que aún habita la Tierra no son exactos a los que salen de la boca de sus emisores desde el planeta rojo. Las zonas muertas de Marte son lugares inofensivos y potencialmente listos para ser rehabilitados para la vida humana. Esa es la definición que nos llega a través de las redes sociales y los pocos canales satelitales que reciben los televisores hoy en día. Mi confianza en cualquier forma de gobierno es nula en la actualidad, por lo tanto si ellos dicen que las zonas muertas son seguras, seguramente no lo son.


He leído acerca de los trabajadores en las minas de carbón de Pakistán en el siglo XX. Condiciones inhumanas en la que niños y niñas trabajaban para sostener a sus familias. Me siento identificado. Imagino que así será mi futuro una vez que lleguemos a ese planeta nuevo, extraño aún. La información que llega es pura mentira envuelta en esperanza que genera expectativas para aquellos que desean salir de este planeta moribundo, agonizando en medio de mares contaminados y desiertos eternos.


Matamos el noventa y cinco porciento de la vida animal y vegetal de nuestro planeta. ¿Será que la vida nos perdona la destrucción de otro?


Algunos días me siento como esos monos que fueron enviados al espacio con fines experimentales. Para ser sincero, no me importa, solo quiero llegar a mi nuevo hogar.


ED

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