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Mi amigo, el miedo.

Ese día, Antonio de la Torre Sánchez salió de su casa para jugar con los amigos del barrio. Como todas las tardes después de la escuela, se juntaban en el parque de la esquina y definían los equipos con los que jugarían esa tarde. Unos días era fútbol, otros a las escondidas y cuando encontraban por el parque un par de palos secos jugaban a la guerra.


Antonio se dio cuenta que ya era tarde. Su madre le había pedido que por favor llegara temprano a la casa; tenían que conversar sobre una carta que llegó de la escuela.


- Seguramente es la directora Pesantez - pensó Antonio, recordando el escándalo que se armó hace una semana en la clase de ciencias. Su amigo Pedro y él habían pensado que sería muy gracioso cambiar las etiquetas de los reactivos químicos antes de la clase de laboratorio. Todo iba bien hasta que la profesora, al frente de toda la clase, mezcló las substancias y hubo una explosión que llenó la sala de clase con una espesa nube azul y obligó a todos a salir hacia el patio. Antonio y Pedro fueron los únicos que curiosamente habían salido al baño en ese momento. Culpables. La profesora los envió a la oficina de la directora y les advirtió que dentro de la semana se iba a enviar una carta a la casa, con todos los detalles de ese - chiste que podía haber lesionado gravemente a una o varias personas - en palabras de la directora.


Caminaba por la vereda hacia su casa, pensando en el sermón que iba a recibir de parte de su madre, cuando de repente sintió un escalofrío desde la cabeza hasta la punta de los pies. Se dio la vuelta solo para mirar detrás suyo un perro grande, parecía un San Bernardo, alcanzó a ver que del collar rojo colgaba una cadena. Claramente la cadena estaba rota, indicando que el animal había escapado de algún lugar.


Antonio nunca había sentido miedo con los perros. Desde pequeño tuvo contacto con perros de sus primos o de sus amigos, grandes y pequeños, pero nunca había sentido aquello hasta esa tarde, cuando vio los dientes amarillentos volando hacia él. Desde ese momento hasta que despertó en la habitación 121 del Hospital General, es una mezcla de recuerdos llenos de gritos, llanto y sangre.


La cicatriz en la cara de Antonio se dibujaba desde su oreja izquierda hasta la clavícula. La reconstrucción de su rostro además de la cantidad de sangre que había perdido obligaron a los médicos a tenerlo en cuidados intensivos durante tres semanas.


Fueron años en los que Antonio sufrió de ansiedad y terrores nocturnos a raíz de aquel acontecimiento. Su madre, Mariana Sánchez, vendía boletos del tren en las mañanas y en la tarde era anfitriona en un lugar muy reconocido de comida italiana. Sus vidas habían cambiado desde que el padre de Antonio, Juan Bernardo de la Torre, falleció debido a un aneurisma fulminante. Los últimos años habían sido difíciles para Mariana, había sufrido mucho con el trauma de su hijo. No podía dejarlo solo en la casa y tuvo que contratar psicólogas y orientadoras que se queden con él en las tardes después de la escuela. Un coctel de benzodiazepinas eran comunes para controlar los episodios de ansiedad de Antonio, junto a otros medicamentos que lo ayudaban a dormir.


Fue en el verano, poco después de cumplir sus quince años, cuando su madre lo metió a la escuela de artes marciales.


Respeto, Disciplina y Honor.


Esas eran las tres palabras que colgaban de un viejo y oxidado cartel. El número de teléfono era casi ilegible y abajo estaba su nombre, Julio Salomón Montesdeoca.


Mariana anotó el teléfono mientras iban camino a su casa. Antonio había sufrido un ataque de pánico en la escuela y llamaron al trabajo de Mariana para pedir que lo vaya a retirar. Todo el camino a casa transcurrió en silencio. Ni Antonio ni Mariana decían palabra alguna.


- Hola, ¿hablo con el profesor Montesdeoca?- preguntó mi madre a través del altoparlante del teléfono.

-Si, con quien tengo el gusto- dijo una voz ronca.

- Mi nombre es Mariana Sánchez y me gustaría que mi hijo, Antonio, entrene en su escuela, tiene quince....

- La escuela funciona solo para clases particulares - interrumpió la voz - el pago se hace anual y por adelantado, la próxima semana empieza un nuevo módulo, si quiere empezar le espero el lunes a las cinco de la tarde, buen día - la voz asentó el teléfono, Mariana quedó confundida. Sus amigas le habían hablado maravillas del profesor Montesdeoca, pero no le convenció mucho ese primer acercamiento, le pareció maleducado y soberbio.


A pesar de ese primer contacto, Mariana decidió que su hijo tenía que recibir una educación más allá de la que tenía en la escuela. Las artes marciales habían ayudado a moldear la vida de muchas personas conocidas y quería darle ese regalo a Antonio; el regalo de caminar por la vida sin miedo. Con eso en mente, Mariana llevó a su hijo a su primera clase ese día lunes.


La primera clase con el señor Montesdeoca le dejó una cosa clara a Antonio; el profesor iba en serio. A las cuatro y cincuenta de la tarde del lunes, llegó con su ropa deportiva y vio que la puerta de la escuela estaba abierta. Su madre lo dejó, ya que estaba tarde para su turno en el restaurante, y Antonio ingresó en esa sala obscura y fría.


- Zapatos y medias en los casilleros - ordenó el profesor, desde el otro extremo del salón.

-Siéntate ahí- señaló a la mitad de la inmensa colchoneta - hoy es el primer día del resto de tu vida- le dijo mirándolo fijamente a los ojos, mientras se acercaba donde estaba Antonio.


El profesor Montesdeoca era una persona imponente. Casi dos metros de altura y noventa y cinco kilos eran intimidantes para cualquier persona. De pocas palabras y mucha exigencia con sus alumnos, el profesor se había ganado el corazón de la comunidad. Tenía un aura de maestro, apenas ingresaba en algún lugar como por arte de magia el silencio se apoderaba de todos quienes estaban ahí, a la espera de la siguiente palabra. Había estudiado filosofía y artes en la facultad y llevaba más de veinte años enseñando y puliendo la ciencia de las artes marciales. Su físico contrastaba con su carácter dócil y su hablar pausado, era común verlo arreglando el jardín de orquídeas o comprando fruta en el mercado.


Esa primera clase fue una hora y media de teoría. No aprendió ninguna técnica de defensa personal, no agarró ninguna de esas armas japonesas que tantas veces había visto en la televisión. El profesor simplemente le contó una historia que iba más o menos así:

En el mundo hay gente débil y gente fuerte. La Fortaleza es mental, espiritual, no tiene nada que ver con la fuerza física, como normalmente pensamos.

 Lo que vas a aprender en este viaje que empiezas el día de hoy, llevará años, décadas para que puedas cosechar sus frutos. Imagina que estas sembrando la semilla de un árbol. Si yo te cuento que este árbol en veinte años dará sombra y alimento a tu familia, sembrarías la semilla? 
 
De aquí en adelante tu trabajo será regar y cuidar esa semilla, sobre todo en los primeros meses y años, cuando aún esta indefensa. Aquí es donde la mayoría de las personas descuidamos nuestros árboles, creemos que ya están lo suficientemente fuertes para crecer por su cuenta, sin darnos cuenta que aun necesitan de nosotros. 
 
Los años me han traído muchas semillas, pero solo un puñado de arboles dan sombra actualmente a otras personas. Depende de ti, de nadie más. 

Los meses y años posteriores a ese primer acercamiento fueron de auto conocimiento, teoría y analogías de las artes marciales con la vida. Antonio aprendió la importancia de principios físicos como la palanca y la distribución del peso. Empezó a notar que, si quieres que un adversario camine hacia adelante, primero lo tienes que empujar; si quieres llevarlo a la derecha, primero debes hacer que camine a su izquierda. Entendió que a veces para ganar, hay que perder y también aprendió que ganar no es siempre lo más importante.


La lección más importante que absorbió en esos años de estudio fue que la fortaleza de una persona reside en su capacidad para construir a otras personas, no en romperlas. Las artes marciales te enseñan a pelear y a defenderte, pero Antonio se dio cuenta que iba mucho mas allá de las técnicas marciales. Había encontrado su camino y su razón de estar en este mundo.

La lección más importante que absorbió en esos años de estudio fue que la fortaleza de una persona reside en su capacidad de construir personas, no de romperlas.

Un par de días a la semana Antonio se quedaba limpiando las colchonetas mientras mantenían conversaciones filosóficas con el profesor Montesdeoca, acerca de la vida y las artes marciales. Sin embargo, ese día, fue la primera vez que Antonio habló del incidente con el perro. La cicatriz del rostro era visible, pero curiosamente la gente nunca preguntaba, no sabía si por vergüenza o respeto. Le contó como ese perro le - arrancó todo rastro de valentía que tenía dentro -


Antonio le contó que tenía que tomar pastillas para dormir. Le habló de las pesadillas constantes con animales enormes, mezclas entre perros y leones, del tamaño de un caballo que le perseguían y se levantaba sudando. Miles de horas de terapia no habían funcionado. Las pastillas tampoco. Cada vez necesitaba más para lograr el mismo efecto y ese exceso de químicos en el cerebro estaban cobrando factura.


- Mi mamá está afuera, hasta mañana profesor - Antonio estiró su puño para despedirse del profesor. Salió por la puerta principal de la academia y se cubrió la cabeza con su mochila para escapar de la pesada lluvia, en dirección al carro donde esperaba Mariana.


Un buen día Antonio había salido a montar bicicleta antes de su entrenamiento. Al llegar a la escuela, vio al profesor Montesdeoca con camiseta y pantalones cortos. Curioso, ya que siempre lo había visto con el uniforme.


-Vamos a dar un paseo - dijo el profesor, mientras abría el candado de su bicicleta.

-Sígueme- me hizo una seña con la mano derecha y empezó a pedalear.


No habían pasado más de quince minutos cuando Antonio vio aparecer el enorme letrero en piedra BIENVENIDOS AL ZOOLOGICO NACIONAL DE LA CIUDAD. Su corazón se había parado por un par de segundos. - ¿Qué diablos hacemos aquí? - se preguntó Antonio.


La mujer del profesor Montesdeoca trabajaba como veterinaria principal del zoológico. Ese día tenían el chequeo mensual de los leones y el profesor pensó que la mejor manera de vencer el miedo, es hacerte amigo de él. Sabía que el peso de cargar con un trauma como el de Antonio, podía convertirse en una importante limitación para el futuro de su alumno.


Antonio entró a la sala lentamente. Vio al enorme animal sobre la camilla metálica. Había un montón de mangueras y cables conectados a una computadora que registraba los signos vitales del animal. Su cabeza empezó a elucubrar situaciones similares a las que había sufrido en el incidente hace varios años. Sus pulsaciones empezaron a subir, pensó que toda la gente ahí presente podía escuchar su corazón latir y sus manos sudaban profusamente. Fue ahí cuando dirigió la mirada al profesor Montesdeoca. Sin decir una sola palabra, el profesor coloco la mano sobre su propio abdomen y en silencio le señaló a Antonio que practique las respiraciones que utilizan en la práctica marcial. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. La calma regresó y sus pulsaciones volvieron a la normalidad. Luego el profesor le dijo que lo mejor que podía hacer, era ponerlo frente a frente con algo más aterrador que su trauma. Si tenía miedo a las alturas, lanzarlo desde un avión. Si tenía miedo a un perro, ponerlo ante un león.

Lo mejor que podía hacer, era ponerlo frente a frente con algo mucho mas aterrador que su trauma. Si tenia miedo a las alturas, lanzarlo desde un avión. Si tenía miedo a un perro, ponerlo ante un león.


Al cumplir los veinticinco años, Antonio pasó a ser el coordinador oficial de los carnívoros en el zoológico. Su parte favorita del día era la hora de alimentar a los leones. Personalmente entraba a la jaula con varios kilos de carne que les entregaban cada tarde. Nala y Zoe, las hembras de la manada, eran las primeras que se acercaban a Antonio, ante la mirada incrédula de sus compañeros del zoológico que observaban por detrás del cristal blindado que los separaba de las bestias. Luego llegaban los cachorros y finalmente con pasos sobrios y lentos llegaba Munir, el líder de la manada. Antonio abría los cajones de la carne y los iba alimentando uno por uno.


El profesor Montesdeoca había muerto seis meses atrás. La ultima vez que habían estado juntos fue justamente en esa jaula con los leones. El profesor ya estaba enfermo, y no estaba en capacidad de dar las clases en la academia por su cuenta por lo que Antonio había empezado a ayudarlo con ellas. Ese ultimo encuentro de cierta manera tuvo un aire de despedida.


Antonio se quedó a cargo de la escuela del profesor Montesdeoca. Ahí en el muro de la fachada pintó la frase que lo marcó para siempre: la fortaleza reside en la capacidad para ayudar a construir a otras personas, no en romperlas. Prometió dedicar su vida a replicar las enseñanzas de Julio Salomón Montesdeoca. Ese hombre bueno y sabio le enseñó a no huir del miedo; y que por el contrario, debemos abrazarlo, conocerlo, hacernos amigos y con el tiempo descubriremos que eventualmente, podremos hasta bailar con él.


ED

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