En la niebla
- Esteban Darquea Cabezas

- May 25
- 3 min read
De repente, empecé a abrir los ojos, emergiendo de un pesado — y muy real — sueño. Al principio, sentí un entumecimiento general de todo el cuerpo pero no le presté mayor atención. Traté, como mucha otras veces, de regresar al sueño, buscaba agarrarme de ese pequeño hilo que me lleve de nuevo hacia allá, pero no lo logré. Entonces me quedé mirando el techo por unos minutos.
Allí me quedé tendido, como cuando era pequeño. Me acordé de los inviernos, cuando la nieve caía afuera de nuestra casa y teníamos la fortuna de estar abrigados, con la chimenea prendida, viendo la nieve posarse sobre las ramas de los árboles y sobre el cerco que delimitaba el pequeño jardín donde pasaba las tardes después de la escuela.
Quise frotarme el ojo derecho, pero no pude. Quise ponerme de pie para ir al baño, tampoco pude.

Poco a poco, el letargo se fue disipando. La realidad empezaba a asentarse de una manera confusa, poco normal diría yo. Me di cuenta de que solo podía mover mi cabeza de un lado a otro. Fue entonces cuando giré la cabeza hacia la derecha y me vi en el espejo del dormitorio, un espejo largo, con filos dorados que compramos hace algunos años.
En él pude ver la silla de ruedas, estacionada a un lado de la cama.
Veintinueve años me dediqué a la cátedra de artes marciales. Toda una vida de enseñanza, de batalla, de constante estudio y aprendizaje. ¿Quién hubiera imaginado que el oponente más despiadado terminaría siendo un pequeño mosquito? Si, un puto mosquito que traía el virus del Nilo occidental.
Algunas personas tienen síntomas similares a una gripe leve, nada del otro mundo. Yo, en cambio, pertenezco a menos del 1% de los casos en los que el virus — por la gran puta mala suerte — llegó hasta la médula, causando una parálisis total de mi cuerpo del cuello hacia abajo. Con el pasar de los días, la debilidad del cuerpo se convirtió en amortiguamiento de las extremidades, hasta que un día desperté y no sentí absolutamente nada.
El proceso de adaptar nuestra vivienda para poder navegar por ella en la silla de ruedas fue complicado, por decir lo menos. Tres pisos de escaleras tuvieron que ser adaptados para mi nueva realidad. Encontrar una silla de ruedas con los dispositivos necesarios para poder manejarla con la boca tampoco fue fácil. Pero todo tiene solución, menos la muerte, sabía decir la persona que me crio. Seis meses pasaron hasta finalmente tener mi propia pista dentro de casa, donde podía moverme de un lado a otro sin molestar a nadie.
Para mucha gente esta parte es la más difícil, lidiar con las limitaciones físicas. Para mí: fue lo más simple. Moverme por toda la casa en la silla de ruedas, ir al supermercado cuyos pasillos son lo suficientemente amplios para transitar con ella, los avances tecnológicos que permiten navegar por los mundos digitales con tan solo la mirada y comandos de voz.
Todo esto fue como un paseo por el parque.
Lo que me destrozó y me llevó al borde de la depresión más profunda imaginable, fue darme cuenta de que no iba a pisar las colchonetas nunca más. Mi amada profesión requería el uso de mis brazos, mis piernas, mis dedos; agarrar el kimono y sentir las piernas mientras sostienen a mi oponente durante el combate.
Sentir.
Eso es lo que mas extrañé durante los primeros meses. Cuando conocí la escritura, sin embargo, conocí una nueva forma de sentir…
Me desperté con el sonido de la alarma. Cogí el celular con mi mano derecha y usé el dedo índice de la otra mano sobre la pantalla, un acto reflejo, para apagar la alarma y ganar unos minutos más de sueño...
Pero el asombro me terminó por despertar.
Me incorporé y esperé que pase la niebla. Me froté el ojo derecho con la mano, moví mi cabeza hacia el espejo y ahí me vi, sentado, con las dos piernas apoyadas en el piso. Volví la vista hacia mis manos. Las abrí y cerré, moví todos los dedos, uno por uno, como quien abre y cierra un abanico. Volví a mirar el espejo y repetí el mismo movimiento con las manos — como alguien que se asegura de que lo que había visto era verdad.
Entonces, me cubrí el rostro con mis dos manos y comencé a llorar.
ED






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