Im-per-ma-nen-cia
- Esteban Darquea Cabezas

- Aug 18
- 3 min read
Durante tres días la lluvia no cesó.
Las noticias divulgaban imágenes dantescas de los ríos desbordados que arrasaban con todo lo que tenían por delante: animales, puentes, caminos, hasta casas enteras eran devoradas por la furia del agua.
Nosotros, encerrados en nuestro departamento, abrigados, viendo la lluvia caer sobre la ciudad desde la ventana del cuarto principal, ¡Qué fácil es contemplar la fuerza de la naturaleza desde la comodidad y el calor de una gran cobija!
Él veía como el río amenazaba con llevarse su cabaña. Cabaña que construyó con sus propias manos para tener un lugar donde descansar en este país ajeno, lejos del suyo. Ocho mil quinientos treinta y tres kilómetros, para ser exactos, lo separan de su ciudad natal en la Patagonia argentina.

Frecuentábamos el lugar para gozar de las aguas termales que generosamente brotaban de algún lugar bajo la tierra. Un milagro de la naturaleza que, por cosas del destino, se encontraba justo debajo de aquel terreno delimitado por unos palos viejos, unidos por unos alambres de púa destemplados y oxidados. El área pertenecía a una pareja de ancianos quienes, en poco tiempo, dejarían esas tierras a su hija.
Dos piscinas de tamaño mediano, una construcción de cuatro paredes con un par de mesas y algunas bancas de madera; la cabaña donde dormía el viajero y un par de vacas era todo lo que había a kilómetros a la redonda. Ya ni recuerdo cómo llegamos por primera vez a ese lugar mágico en medio de las montañas. Solo sé que un día lo encontramos y desde entonces nos prometimos ir cada vez que encontremos la oportunidad.
— Me quedé sentado, con un mate en la mano, viendo al río crecer — me contó el viajero la siguiente vez que lo vi — Primero creció un metro, luego dos, luego el agua empezó a entrar por no sé donde y de repente ya tenía el agua hasta los tobillos.
— Un espectáculo aterrador, pero al mismo tiempo hermoso — continuó— por lo menos para mí, y es que esa impermanencia de todas las cosas nos da cierta libertad, ¿no crees?… quiero decir que, a pesar de que estaba a punto de ver a mi cabaña ser devorada por el agua sin ninguna misericordia, sabía que por más que grite y chille y llore, aquello no iba a detener aquella fuerza imparable... — pausó y miró por la ventana hacia el río — …entonces, hice lo único que podía hacer en ese momento: Aceptar. Me senté en la orilla, con un mate en la mano, para ver a la naturaleza hacer lo suyo.
Escuchaba atentamente la historia del viajero hasta que dejó de hablar. Me quedé callado un momento, apoyado sobre el marco de la ventana, viendo cómo el río había cambiado su curso después del clima salvaje de los últimos meses. Una nueva huella reemplazaba la anterior que había conocido. Imposible siquiera sospechar que ese mismo río arrasó con pueblos enteros pocas semanas atrás.
— Verdad— respondí — a veces no nos queda más.
Todos necesitamos un sacudón fuerte: de la naturaleza o de la vida misma, para encontrar perspectiva y entender que no somos para siempre… y eso está bien.
Comprendí que esa clase de filosofía solo la encuentras en contados momentos de la vida. Por ejemplo, al estar cara a cara con un río enfurecido, enorme, asesino, impiadoso que está a punto de llevarse tu hogar y todo lo que posees — excepto a ti mismo.
ED






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