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La avioneta

Pasaron diez meses desde la primera vez que la escuché sobrevolando la ciudad. Digo escuché, porque recién al tercer día pude verla. Una pequeña avioneta bimotor Cessna, sobrevolando nuestra tranquila ciudad.



En ese entonces, estaba terminando un diplomado sobre nuevas tecnologías para tratar los residuos sólidos. Recuerdo que era un caluroso martes de abril cuando, en menos de diez segundos, me atraganté aquel jugo de mandarina. Era casi un ritual salir de clases y buscar a la señora que empujaba un viejo y oxidado carrito metálico, vendiendo jugos de mandarina recién exprimidos.


Por un momento, me quedé mirando esa botella vacía. Pensé que ella, la tapa y la etiqueta se degradarán hasta convertirse en miles de millones de partículas de micro plásticos que entrarán a la cadena alimenticia de todos nosotros. Un pensamiento doctrinario e inevitable de todos quienes estudiamos las ciencias ambientales.


En fin, aquel pensamiento duró solo un par de segundos. Acto seguido, cogí la botella y la lancé hacia un basurero de madera que se encontraba junto a una columna de cemento. Tratando de emular la técnica de Steph Curry, lancé mi cuerpo hacia atrás mientras mi mano derecha soltaba la botella que voló por el aire, dibujando una parábola perfecta que — por la maldita mala suerte — golpeó una esquina del basurero y rebotó hacia un costado, golpeando a una joven estudiante en la cabeza. Tan inmersa estaba en su celular y aislada del mundo con sus enormes audífonos que, cuando levantó la mirada para ver quien había perpetrado el ataque, ya estaba yo al otro lado del patio.


Allí parado, escuché nuevamente el bimotor de la avioneta.


No sé si me estaré volviendo loco, pero desde que escucho la avioneta, todas las personas a las que he preguntado si es que tienen alguna idea de qué hace o de dónde viene aquella avioneta me han respondido lo mismo:

 

¿Cuál avioneta?


Para mi desgracia, es justo en esos momentos cuando la avioneta nunca aparece.


 — ¿Por qué nadie más la ve? — me preguntaba en silencio, con miedo de que alguien me escuche y piense que lo mejor sea llevarme con algún psiquiatra, psicólogo o alguno de esos que tratan alucinaciones. 


Pasaron días, semanas y meses. Cada vez que preguntaba sobre la avioneta, la respuesta era siempre la misma. ¿Cuál avioneta? Así que mejor decidí dejar de preguntar. Pero eso no significó en absoluto que la dejé de ver y escuchar. Podía estar preparándome un mate en la cocina o escribiendo algún artículo para el diario local o tratando de escoger una de las miles de películas del catálogo y entonces, el rato menos pensado, escuchaba el zumbido que lentamente se acercaba, para luego alejarse nuevamente, en un loop infinito.


ED



 
 
 

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