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Los seres humanos, tal como nos conocemos, llevamos merodeando la Tierra desde hace aproximadamente dos millones de años. Noventa y nueve punto cuatro porciento de ese tiempo, fuimos cazadores recolectores. Esto significa que la gran mayoría de nuestra existencia consistía en tener plena conciencia de nuestro alrededor. Los niños despliegan esas tendencias de nuestros ante pasados, están de un lado a otro, explorando, descubriendo, aprendiendo. Por eso mi angustia es inmensa cuando veo esos pequeños de dos o tres años pegados a una pantalla de un celular.


Hoy en día, veo muchos padres preocupados porque sus hijos son diagnosticados con enfermedades inventadas - el déficit de atención por ejemplo. ¿Es malo acaso que un niño no pueda estar sentado ocho horas en un salón de clases? ¿Acaso no está en nuestro mismo ADN el gen de la curiosidad, de querer explorar y entender los procesos que ocurren a nuestro alrededor? En lugar de cambiar al niño y estresar a los padres con estas pseudo enfermedades, ¿no deberíamos quizás buscar alternativas para ese individuo? Si juzgamos a un león por sus habilidades para nadar, seguramente llegamos a la conclusión que es un inútil.


Quizás puedo pecar de ingrato, pues es esa misma educación tradicional que muchas veces critico la que me permite estar escribiendo estas líneas. Pero algunos días me angustia ver a tantos niños y jóvenes en sus escuelas, colegios y universidades, como productos en una línea de fábrica, cortados con un mismo molde y luego liberados a un mundo cada vez mas salvaje e inhumano. Aunque debo admitir que he conocido grandes profesores y profesoras que se dedican genuinamente a formar personas de bien, pensantes y abiertas a discutir ideas y proponer cambios positivos, en lugar de robots, eso me tranquiliza y frena esa angustia - momentáneamente.


Hace doce mil años dejamos la vida de nómadas y empezamos los primeros asentamientos agrícolas. Es muy interesante pensar acerca de cómo ese giro cambió para siempre la historia de nuestra especie. Pienso que una vez que nos asentamos y empezamos a acumular víveres nos metimos en una espiral que nos ha llevado hasta donde estamos el día de hoy. Cuál es el fin de acumular y acumular y acumular cosas materiales que tarde o temprano quedaran aquí cuando nosotros nos vamos, ¿Acaso no es mejor llenarnos de experiencias?


Miro con tristeza en las noticias cómo las grandes cadenas de restaurantes botan toneladas de comida todos los días al finalizar su jornada. También me asombra la nueva carrera espacial, en la cual los billonarios del mundo queman toneladas de dióxido de carbono para cumplir sus caprichos de conquistar el espacio. Antes era Rusia contra EEUU, ahora la guerra es individual. No criticaré el capitalismo, pues así son las reglas del juego y tenemos que movernos de acuerdo a ellas. En este sistema, no podemos quejarnos de los que más tienen, así como en el deporte no podemos evitar que exista un Messi, o un Michael Jordan. A la final con esas reglas de juego, ni siquiera el cielo es el límite - como lo demuestran Bezos y Musk. Ya hemos visto que el ser humano, por su naturaleza competitiva, no puede hacer funcionar las teorías marxistas. Como ecuatoriano puedo dar Fe de eso, si entregas demasiado poder al estado tarde o temprano llega la tiranía. ¿Será que esas teorías funcionan en una sociedad de máquinas y robots? Quien sabe. A lo mejor solo por un tiempo, hasta que uno de esos robots se de cuenta que mientras el trabaja 15 horas al día, recibe lo mismo que aquel que pasa apagado.


El hombre actual pasa sus días intercambiando horas de vida por un salario fijo y seguro dental, en donde todos somos absolutamente desechables.

Han pasado doscientos cincuenta años desde que, como especie, pasamos a la era post industrial. Desde ese entonces hemos cambiado las interminables jornadas laborales de trabajo manual con interminables jornadas laborales digitales, encerrados en cubículos de cuatro metros cuadrados frente a una computadora. Cambiando horas de vida por un salario fijo y seguro dental, en donde todos somos absolutamente desechables. Engranajes de una inmensa máquina humeante que va talando bosques para construir edificios y extinguiendo a otras especies en pos del progreso. ¡Qué lejos estamos de ese hombre renacentista! Nos hemos convertido en envoltorios de comida chatarra, una vez que cumplimos nuestra función, somos desechables.


Estoy convencido de que he encontrado mi ikigai - concepto japonés que se refiere a nuestra misión aquí en esta vida. Y esa misión es formar personas de bien a través del jiu jitsu. Me levanto con el cuerpo adolorido, las articulaciones torcidas y las orejas cada días mas feas, por causa del entrenamiento. Algo normal debido al estropeo que significa luchar contra otros seres humanos adultos todos los días. Pero ese dolor de cuerpo lo utilizo como combustible para convencerme a mi mismo de que por ahí es el camino. La vida diaria es una lucha y por lo mismo tenemos que estar con las espadas afiladas y los ojos abiertos, todo el día, todos los días. Es por eso, al entrar a nuestra academia, en la pared del fondo verán estampadas las palabras: no luchas, no vives.


Creo que la vida se parece mucho a esta historia:


Todos los días, en la sabana africana, un león se despierta por la mañana sabiendo que tiene que correr mas rápido que la gacela para poder alimentarse. Todos los días una gacela despierta sabiendo que deberá correr más rápido que el león para sobrevivir. La moraleja: no importa si eres león o gacela, todos los días deberás levantarte y correr lo más rápido que puedas.   

Hay días que me levanto optimista y tengo Fe en la raza humana, otros días me levanto con una angustia nihilista que solo se puede calmar a través del arte.


ED

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Carlitos

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