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Pablito

Un día, Pablito simplemente desapareció.

 


Nunca me volvió a llamar después de la última vez que nos vimos. Fue en la sala de mi casa, cuando vivíamos en una zona rural a una hora de la ciudad. Allí, el polvo reinaba por todo lado. Lo recuerdo especialmente porque esa tarde, los rayos del sol entraban por la ventana e iluminaban las partículas de polvo que flotaban alrededor nuestro, como si no existiese tal cosa como la gravedad.

 

Estábamos arrodillados frente a frente, con un tablero de ajedrez de vidrio entre medio de nosotros. Lo había comprado papá hace dos o tres navidades, pero nadie nunca lo utilizó hasta que me entraron ganas de aprender a jugar ajedrez. Pablito apareció un día, me vio a través de la ventana tratando de jugar solo — mejor dicho, aprendiendo a mover las piezas. Ese día me contó que él también jugaba y que su papá era amigo de un antiguo campeón mundial de ajedrez de la Unión Soviética, Volkonov o Volsporoi — o algo así. Desde aquel día, regularmente jugábamos una o dos veces por semana.


Fueron cientos, hasta podría decir miles de partidas que jugamos. Yo siempre perdía, pero él nunca me vapuleó completamente, mostraba misericordia y me dejaba pensar que iba bien — por lo menos durante una parte del juego. Solo una vez quedamos tablas, pero fue por un grosero error de su parte — aunque nunca sabré si fue a propósito para darme una pequeña satisfacción.


Fue en esa tarde calurosa de primavera, cuando vi que su alfil se desplazó cuatro casillas y mi rey quedó sin opciones para moverse. Una torre se había encargado de neutralizar la fila superior y un caballo neutralizaba la única otra casilla que había para moverlo.

 

Jaque mate. Esa fue la última jugada maestra de Pablito, antes de desvanecerse.


 

Durante las partidas, Pablito solía preguntarme acerca de qué pensaba yo sobre las abducciones extraterrestres. Es decir, si creía que especies de otros lugares del universo podrían venir y llevarnos en sus naves hacia lugares recónditos, lejos de cualquier noción que nosotros tengamos sobre el tiempo y el espacio. Yo no le prestaba mucha atención, la verdad es que ese tema no me interesaba en absoluto.


Lo más curioso sucedió unas semanas después de su desaparición, cuando todos aparentaban no conocer a Pablito. Ni mis papás, ni la gente del barrio, ni siquiera sus compañeros de colegio. Nadie nunca más volvió a hablar de él. Por un momento pensé que era una forma de llevar el duelo. Si no hablas acerca de alguien que desapareció, quizás sea más fácil olvidarlo y seguir adelante.

 

Yo también traté de hacerlo.


Sin embargo, algunos años después, entré a la oficina de mi papá y vi su ordenador prendido. Curioso, como cualquier joven, me senté y vi una pestaña abierta que contenía un video de vigilancia. Lo abrí y me sorprendió la similitud del lugar del video con la sala de nuestra casa antigua, fuera de la ciudad, donde jugaba ajedrez con Pablito. En efecto, era un video de aquella sala. Aplasté el botón para reproducir el video y poco a poco aquellas imágenes se tornaron cada vez más extrañas a tal punto que me invadió un sentimiento de náusea, el mismo que se iba agudizando a medida que avanzaba el video.

 

Es difícil confiar en la memoria. Mucha gente cree que se acuerda de cosas de su niñez, pero por lo general esas memorias vienen gracias a fotografías que han visto cientos de veces durante su vida y tratan de reconstruir sus memorias en su cabeza, usando esas fotos como piezas de un rompecabezas interminable. Creen que esos eventos realmente sucedieron tal cual como lo imaginan. Pero en la mayoría de casos no es así.


Algo así me sucedió aquel día en la oficina de papá.

 

Me fijé en la fecha de la esquina inferior derecha del video: era el mismo día que vi a Pablito por última vez. Me vi a mí mismo sentado, con el tablero de ajedrez al frente mío. En un momento me acerqué a la ventana, como si estuviese hablando con alguien del otro lado, pero no había nadie allí.

 

Entonces, deslicé la puerta de vidrio, como invitando a alguien a entrar y me arrodillé nuevamente. Durante toda la partida de ajedrez, nunca logré divisar a Pablito. Era yo quien me cambiaba de lugar en cada jugada, dando vida a esa última partida en la que Pablito hizo jaque mate con un alfil bien posicionado. Solo que él no estaba ahí.

 

Yo no entendía nada, comencé a sudar frío y me apretaba el pecho.


Me levanté sollozando con jadeos entrecortados por el pánico y salí de la oficina de mi papá en dirección a la sala. Allí vi a mis papás con dos personas con batas blancas que me miraban consternados.

 

Corrí hacia mi papá y lo abracé, lo más fuerte que he abrazado a nadie en mi vida. 


ED

 
 
 

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* Las opiniones expresadas en este Blog son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de COHAB Ecuador.

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