top of page

Zen y el arte de golpear una pequeña y peluda pelotita amarilla 


En 1972, la Federación Internacional de Tenis decidió cambiar el color de las pelotas para que sea más fácil observarlas en las transmisiones por televisión. El color elegido fue el amarillo óptico, un color altamente visible en las diferentes superficies de juego. Aprendí esto el año pasado, durante un partido entre Alcaraz y Sinner. Un comentarista argentino relató la historia del color de aquella pequeña pelotita.



Podría también contar por qué se utiliza la palabra love (amor en inglés) para indicar que el marcador de un jugador es cero. Pero eso tranquilamente pueden pedirle a ChatGPT que les cuente, con mucho más detalle de lo que yo jamás podría. Sin embargo, creo que puedo compartir otras perspectivas que ChatGPT no puede — por lo menos por ahora.

 

Por ejemplo, solo quien ha ejecutado un golpe de revés paralelo — a contrapié del oponente, dejándolo parado in situ, sin nada más que hacer que aplaudir— puede describir ese feeling. No puede ser sintetizado por una máquina.


A continuación viene un esbozo de lo que el deporte blanco significa para mi. Es un recuento honesto de un jugador amateur, que vio algo más que un simple deporte en el que corres de un lado a otro, tratando de pegarle a una pequeña y peluda pelotita amarilla. Encontré una prueba más de que existe un tejido invisible que une a todo: la constante búsqueda de mejorar continuamente.



En primer lugar: no, no es tan fácil pegarle a esa pinche pelotita.


Voy a tratar de explicar, en pocas palabras, su complejidad. Todo empieza con calcular la fuerza del golpe del oponente sobre la pelota. Luego, su trayectoria sobre la red para caer en un punto determinado de nuestro lado de la cancha. Además, uno debe tomar en cuenta el giro de la pelota sobre su propio eje, su rotación. A partir de ese momento, cuando la pelota bota en nuestra cancha, debemos ya saber donde está parado el jugador contrario, decidir qué tipo de golpe se va a utilizar (slice, topspin, dropshot — cruzado o paralelo) y luego esperar que el otro no devuelva la pelotita nuevamente, o que la mande fuera de las líneas. 


Si la devuelve, todo empieza de nuevo. Tan simple y complejo al mismo tiempo. 


Entonces, gracias a — no a pesar — de la enorme complejidad de este deporte, encontré otra manera de enfocar mi mente. Algo muy difícil en estos tiempos bulliciosos. Aprendí a ver el zen en una pista de tenis. Cuando tratas de pegarle a esa pelotita amarilla, que viene a toda velocidad con unos giros ridículos, tienes que estar completamente inmerso en el momento. Es una cosa de locos todas las cosas que se deben hacer al mismo tiempo: dar el paso correcto para llegar bien posicionado, el tronco superior del cuerpo en rotación, piernas flexionadas para golpear la pelota con buenos apoyos y, por último, que el lugar del impacto de la raqueta con la pelota sea óptimo. 


Para lograrlo, debes entrar en un estado zen, en el que solo existen esa pelota y tú. Nada más puede importar en ese momento en el que la pelotita pareciera detenerse en el aire, esperando ser golpeada. Un estado de no mente.

 

El yin del yang


El entrenamiento cruzado entre el tenis y el Jiu-jitsu me ha sido muy útil en varios frentes. En primer lugar, el cardio. Picar de un lado a otro durante varias horas, definitivamente tiene un impacto positivo sobre la capacidad cardiorrespiratoria. En un partido de tres sets, cada jugador corre un promedio de cinco kilómetros, pero además, es muy divertido. Pero más importante aún, la atención plena que necesitas en la pista de tenis es la misma que en un combate— con la pequeña diferencia de que en el primero, si pierdes de vista la pelota y la golpeas de manera deficiente, la pelota queda en la red; en un combate en cambio, si pierdes el enfoque, te estrangularon hasta la inconsciencia. Así como el Jiu-jitsu me ha enseñado sobre la vida — incluso más que a pelear—, también el tenis me ha enseñado más sobre mí mismo que sobre la forma correcta de pegarle a esa pelotita peluda y pequeña. 


En fin, hay algo extrañamente reconfortante en la satisfacción de un buen golpe después de miles de repeticiones. Algo divino, con todo el respeto que se merece la divinidad. Divino en el sentido de que la cosecha de ese golpe viene tras una larga siembra de fallos, sudor y desilusiones. 


Una metáfora de la vida misma: cosechas lo que siembras — hasta en algo tan pequeño como golpear una pequeña y peluda pelotita amarilla. 


ED 


 
 
 

* Las opiniones expresadas en este Blog son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de COHAB Ecuador.

Gracias por Suscribirte!

  • Facebook
  • Twitter
  • YouTube
  • Instagram

© 2023 COHAB JIU JITSU ECUADOR

CONTACTO: +593 997529105

bottom of page