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Cien

Cien artículos.


A menudo pienso en aquella extraña necesidad de los seres humanos de celebrar cualquier hito, por minúsculo o grande que sea. Los cumpleaños, por ejemplo. No encuentro donde está el mérito en que la Tierra haya completado un giro alrededor del Sol. Pero aquí estoy, haciéndolo de todas formas, celebrando el centésimo artículo y me imagino que lo haré también en el milésimo y si es que el tiempo me lo permite, a los diez mil y porqué no, hasta el millón de artículos publicados. O tal vez, saliendo del trabajo hoy por la tarde me cae un meteorito directo en la cabeza y ni siquiera consiga terminar este de aquí. ¿Cuál es el punto? Ninguno. Solamente cito algo que habita mi mente y que puede suceder. Probabilidades de una en un millón, dirán algunos. Pero existe una ¿no es así?


En tal caso, a lo mejor es esa la razón de existir de aquella tendencia a celebrar cada hito importante, cada victoria, cada graduación, cada cumpleaños, cada bautizo y cada aniversario. Quizá descubrimos - y es un hallazgo aterrador para algunos - de que ese momento no volverá nunca más y por ello queremos poseerlo, adueñarnos de él, sin la menor sospecha de que igual se va a ir. Nos quedamos aferrados a él como aquellas madres refugiadas que se aferran a sus pequeños hijos con todas sus fuerzas, hasta que finalmente son arrancados de sus manos por los agentes de inmigración. Y entonces quedamos en ese espacio vació en espera del siguiente, el ciento uno.


Mi intención no es presumir acerca de este número, ni siquiera creo que es tan importante como para sentirme orgulloso. Y es que el arte, el arte puro, no es para alguien más, no es para los espectadores. El arte puro, es para uno mismo y a pesar de ello, de una extraña manera, también lo es para toda la humanidad. Tampoco es cuantificable, de la manera en la que a los sapiens modernos nos gusta poner todo en dólares ¿Cómo puedes ponerle precio a la perfección de los pliegues del manto de la virgen en la Pietà de Miguel Ángel? y tampoco existe ningún algoritmo que explique porqué se eriza la piel durante un concierto para violines de Vivaldi.



Ernesto Sabato temía que la tecnología terminaría por convertirnos en engranajes de una máquina. El arte, decía, es lo único que podrá evitar nuestro colapso. Aquel icónico escritor se convirtió en uno de mis referentes en materia literaria y filosófica - junto a mi abuelo Rodrigo por supuesto. Gracias a él (a ellos) conocí a Camus y Dostoievski, además de aprender a honrar y apreciar las grandes obras de Schubert, de Brahms, de Vivaldi. Y es que sorprende el hecho de que una persona que dedicó treinta y cuatro años de su vida a la física (Sabato, no mi abuelo), haya abandonado todo por la literatura, por el arte. Sabato llegó a trabajar en el Laboratorio Curie en Paris, investigando sobre radiaciones atómicas y más adelante en el prestigioso Massachusetes Institute of Technology (MIT). Pero, en algunas ocasiones, cuando nos desprendemos del miedo y la incertidumbre, logramos escuchar los susurros del corazón y el alma y nos dirigimos hacia ese tenue sonido, en búsqueda de algo más, del Absoluto.


"En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba." - Ernesto Sabato

Y así, mientras escribo estas últimas líneas me doy cuenta que no se trata solo de celebrar el cien. Se trata de celebrar cada letra, cada palabra, cada idea y cada momento de la vida que uno va construyendo. Independientemente de la profesión o actividad que cada uno desempeñe para pasar las horas, para pasar la vida, creo que nos lo debemos a nosotros, hacerlo con la mayor intensidad posible. Pues así como el ejemplo de la madre refugiada cuyo hijo le fue arrancado de sus manos - si no somos cuidadosos - podemos, eventualmente, ver la vida arrancada de nuestras manos. Y nos dejarán de rodillas, en llanto, con los brazos cruzados y la cabeza baja, viéndola alejarse de nosotros, en un abrir y cerrar de ojos.


Adiós,


- y para su tranquilidad, hasta el momento ningún meteorito está a la vista.




No somos más

que el tiempo que nos queda

caminando hacia el olvido

que seremos.


Es duro, pero es así.

El resto, literatura.


Lo mejor

es no pensarlo mucho:

seguir andando,

tomar cafés, enamorarse,

ver la lluvia…


Karmelo C. Iribarren






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