Aifon 50
- Esteban Darquea Cabezas

- Sep 24, 2025
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Mirko había asesinado a su madre unos años antes. Fue a raíz de una discusión ante la negativa de ella para comprarle el último modelo de celular, puesto que era demasiado caro y no tenía el presupuesto. Por aquel entonces, se aprobó una absurda ley que prácticamente excusaba a los adolescentes de crímenes atroces — incluido el asesinato — cuando su derecho al acceso a la tecnología era vulnerado. Otro joven, de un estrato social medio-alto, había disparado a su hermano para quitarle el Pase VIP. Éste, servía para participar en el programa gubernamental encargado de dar los turnos para las operaciones de instalación del artefacto en el cerebro. Las únicas clínicas legalmente autorizadas para hacerlo eran las del gobierno.
Las noticias prácticamente no hablaron de estos casos. “Joven dispara a su hermano”, “Indigente apuñala a su madre diecisiete veces” una minúscula reseña en la parte inferior izquierda del diario o debajo de los obituarios. Nada más. Los medios de comunicación no se atrevían a publicar alguna noticia que desacredite al gobierno.
Uno de los objetivos específicos del gobierno actual, es entregar el Aifon 50 a quienes más producen y que las unidades sobrantes queden a disposición de la población general. En pocas palabras, la estrategia del gobierno es que los de arriba tengan la mejor tecnología posible para seguir produciendo y los de abajo, que se maten por tenerla — a precios absurdos. Y aún así, la gente se aglutina en filas eternas afuera de las clínicas oficiales — y clandestinas también — para instalarse esos dispositivos en el cerebro. La ironía es que ellos básicamente subsidian los equipos más nuevos, las operaciones más seguras con los estándares más altos, a los que más tienen.

Ahora, el proceso de instalación de esos dispositivos depende en gran parte de la capacidad adquisitiva de cada individuo. En las clínicas oficiales, el procedimiento es similar a sacarse los terceros molares: nada muy complejo — en teoría. Las personas que constan en las listas deben acercarse directamente a las clínicas oficiales de instalación de los BCI (Brain-computer interface) y en un par de horas salen con el Aifon 50 instalado y listo para ser utilizado. Hay una lista muy pequeña de las personas que pueden acceder directamente a estos privilegios.
Por desgracia, yo soy una de ellas.
Sin embargo, yo no accedí a la primera prueba que se hizo hace más de 25 años. La razón principal es que tengo una condición rara que afecta las conexiones nerviosas. Esta condición no me permite caminar y por eso vivo atado a esta silla de ruedas. Los doctores recomendaron esperar ya que el riesgo era muy alto, por lo menos en esos primeros periodos de prueba. Por esta razón, mientras que el treinta por ciento de la población camina con un artefacto clavado en su cerebro, yo todavía pienso por mí mismo. Pero eventualmente todo ciudadano tendrá que colocarse un Aifon en el cerebro — aunque viva atado a una silla de ruedas.
Mi oficio es enseñar a pelear, enseño artes milenarias de combate cuerpo a cuerpo. Pero si estoy en silla de ruedas, ¿como puedo hacer eso ? — seguramente se preguntan. Pues, también hay un lado positivo de la tecnología y es gracias a ella que puedo hacer lo que hago. Existen programas con sensores que registran los pensamientos y los envían a un modelo musculo esquelético dentro de una computadora. Allí, puedo explicar los movimientos y que los alumnos sientan las técnicas, a pesar de mis limitaciones físicas.
Para el gobierno, somos una amenaza. Hace algún tiempo empezó una cacería de brujas para que nuestro oficio se diluya poco a poco, hasta desaparecernos completamente. Y es que no quieren que existan seres con pensamiento crítico que osen pensar distinto a la agenda del momento. Agenda que se programa (o desprograma, dependiendo del caso) en los aparatos dentro de los cerebros. Las trabas burocráticas eran cada vez más engorrosas y las multas económicas por incumplimiento fueron quebrando a la mayoría de oficios artesanales. De mil doscientos estudiantes ahora solo tengo doce.
La gota que derramó el vaso y que detona esta historia, sin embargo, empieza hace un par de años. Fue cuando empezaron a discriminar a las personas por el hecho de no tener el artefacto instalado en el cerebro. Todos aquellos que no lo teníamos — independiente de la razón — fuimos obligados a llevar distintivos de color rojo para diferenciarnos del resto.
Este evento detonó en mi una rabia que nunca en la vida había sentido y empezó a hervir lentamente dentro de mí...
Pero primero es importante entender el otro lado de la historia. La de aquellos que no constan en las listas, pero que quieren instalarse el aparato, recurriendo a la clandestinidad. Hace décadas se practicaba la lobotomía para tratar a las personas con problemas mentales. El procedimiento consistía en introducir un orbitoclastro — básicamente un picahielos — levantando el parpado superior, hasta llegar al cerebro. Una vez allí, lo movían de un lado a otro para dañar las conexiones con el lóbulo frontal. De esta manera, según la ciencia de la época, se curaban las enfermedades mentales graves.
Hoy en día, esos métodos salvajes y precarios aún se usan, pero para instalar el aparato en las clínicas clandestinas. Desde hace siglos las personas quieren aparentar ser más de lo que son. Cuando aún era posible adquirir automóviles, por ejemplo, algunas personas se endeudaban esta vida y la otra para tener el mismo vehículo que las estrellas de la televisión. Ahora, los individuos buscan maneras económicas de acceder al Aifon 50, o sus similares, mediante este procedimiento quirúrgico peligroso y demasiado invasivo. Una lobotomía digital, si se le puede poner un nombre. A pesar de que las probabilidades de éxito rodean el 9%, hay listas de espera que se extienden hasta por años.
Lanzamiento oficial del Aifon 51…
La rabia de la discriminación hirvió en mí hasta que ya no pude más.
Hace tres días tomé la decisión.
Ayer terminé de instalar el explosivo debajo del asiento de mi silla de ruedas, asegurándome de que no iba a volar en pedazos antes de acercarme lo suficiente a la tarima.
Hoy, vine a la plaza central para ser testigo del lanzamiento del Aifon 51.
Un holograma apareció en medio del cielo color azul marino, pintado por los últimos rayos de sol. Era la imagen del gobernador, una consciencia digital elegida hace setenta años para administrar el gobierno central. Estas ponencias usualmente duraban horas, explicando las bondades de la nueva actualización y su importantísima contribución a la evolución del ser humano.
Me acerqué lentamente al principio y a medida que avanzaba, subía la cadencia de la silla de ruedas, producto de la adrenalina y la incertidumbre. La gente abría paso al ver mi discapacidad, lo que me permitía avanzar más rápido. Mi mente se llenaba de preguntas: ¿Moriría en el acto, se dañaría el explosivo, sería demasiada pequeña la carga?
Cuando llegué cerca del proyector de la imagen, donde las leyendas urbanas dicen que habita la consciencia digital del gobernador, esperé hasta que empiece el espectáculo de fuegos artificiales.
Con paciencia, esperé el silencio característico que invade el espacio antes de que un cohete se prenda y explote con dirección hacia el firmamento. Traté de calcular el momento exacto para que las dos explosiones se amalgamen en una sola. Y así fue que con la quinta bengala, el firmamento de esa fría y oscura noche de octubre, se pintó de colores.
ED






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