Violencia Organizada
- Esteban Darquea Cabezas

- 3 days ago
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Cuando te estrangulan, sientes que el mundo se va haciendo cada vez más pequeño. La luz se apaga poco a poco, los colores se difuminan y el silencio se acerca. La mayoría de las veces parece que todo va bien, piensas que aguantas un poco más, un segundo más, solo un segundo más…
— Dale amigo, te toca — uno de ellos señaló a Juan, quien estaba sentado en la banca blanca larga junto a la puerta.
El pobre hombre palideció. El solo pensar en tener que luchar contra ese ser humano del tamaño de un gorila lo descompuso. De no ser por el amable joven de veintitantos años que le ayudó a sentarse contra la pared, seguramente se habría desmayado.
Pobre Juan.

A Juan lo había llevado su primo Byron quien, a su vez, fue invitado por su mejor amigo Marco. Era un grupo de jóvenes—y otros no tan jóvenes—que se juntaba los martes y jueves a practicar técnicas de lucha cuerpo a cuerpo. Lo hacían en el pent-house de el loco Jairo, un cubano adinerado que contrataba profesores ocasionales; en su mayoría veteranos de guerra o maestros que viajaban por el mundo. Muchos de ellos ofrecían clases a cambio de hospedaje, comida o algún paseo para conocer la ciudad y sus alrededores.
Los jóvenes llegaban de boca en boca. Ni una sola publicidad en toda la ciudad, ni una sola pauta en radio o televisión. Al principio un par; con el tiempo una decena, hasta llegar a miles de practicantes barajados entre la sociedad: taxistas, estudiantes, abogadas, doctoras, empresarios, filósofos, senadores y chefs de renombre.
Aquel lugar sentó las bases para formar a una generación que había nacido pegada a las pantallas y cuyas idioteces eran avaladas por los modelos de lenguaje que se renovaban día tras día. Aquel grupo de jóvenes, ansiosos por una pizca de humanidad, encontraron un lugar donde calmar aquella angustia existencial que nublaba sus vidas.
Entre los visitantes, durante mucho tiempo destacó la figura del señor Veintimilla — a quien le decían "señor" por su aspecto avejentado, aunque en realidad era muy joven—. Un ex soldado ecuatoriano que sirvió en el ejército gringo durante la guerra contra el narcotráfico en México en el 2026. Compartía sus conocimientos en manejo de armas y combate cuerpo a cuerpo en los distintos pueblos y ciudades por los que navegaba sin rumbo.
De alguna manera, esa incertidumbre de viajar sin una rutina fija, le permitía distraer su mente del recuerdo de aquella noche. Sin embargo, en ciertas madrugadas, cuando no vuela ni una hoja por la calle, se levantaba sudando y dando alaridos. Decía que aún veía a sus hermanos tirados en el pavimento, calcinados, clamando por piedad.
En noviembre de 2028, se emitió la Ley Cebra. Una ley municipal que liberaba de responsabilidad al conductor de cualquier tipo de vehículo que lesionase a un peatón — aunque este haya utilizado el paso cebra adecuadamente. La ley, propuesta por un analfabeto — pero muy popular líder de la oposición — pretendía agilitar la economía mediante semejante barbaridad.
La velocidad a la que el mundo se empezó a mover a partir de ese año fue algo que nadie pudo prevenir — y menos aún detener—. Todo se movía a velocidades supersónicas y la vida de un peatón no valía el tiempo invertido en trámites burocráticos.
¿Qué tiene que ver esta absurda ley con la historia de Juan y el señor Veintimilla?
Pues…
Juan era albañil. Uno de los pocos oficios que sobrevivieron al desempleo global masivo ocurrido en 2027, cuando llegó la AGI (Inteligencia Artificial General). Una revolución similar a la imprenta o el internet, cuyos efectos en el mercado laboral fueron devastadores en cuestión de dieciocho meses.
Juan tenia mucho trabajo, incluso más que antes, pero carecía de sentido.
Todos los trabajos los hacía solo, guiado por maquinas que lo contrataban y le pagaban según sus horas, sin ningún contacto humano. Juan llegaba a su casa agotado. Cuando llovía fuerte, la sala debía ser evacuada: muebles y demás cosas iban a la bodega. Con baldes y ollas — pero sobre todo con paciencia — retiraba el agua.
No recibir ni una sola sonrisa por un trabajo bien hecho terminó por desgastarlo. Llegó a tal punto que, en más de una ocasión, dejó de percibirse a sí mismo como un ser humano. Juan se preguntaba con frecuencia qué sentiría si es que una de las maquinas que lo contrataban se apagara—si muriera—.
La respuesta siempre era la misma:
Nada.
Una tarde fría y ventosa, Juan salió de su trabajo exhausto. Cruzó la calle sin mirar, esperando sentir el impacto de un automóvil destrozándole las piernas y luego su cabeza rebotando contra el parabrisas, hasta finalmente abrir los ojos y ver la oscuridad del infinito.
Pero, en lugar de eso, sintió los brazos calientes de otro ser humano.
Un abrazo violento que lo tumbó al piso. Cinco o seis vueltas después, todo se detuvo. Abrió los ojos y esa fue la primera vez que vio al señor Veintimilla.
—¡Ten más cuidado, imbécil!— dijo el hombre.
Juan se levantó, se sacudió la suciedad del pantalón y la camiseta. Sus codos estaban lastimados tras el impacto y había perdido un zapato después del revolcón. El carro que casi le impacta se había estrellado contra uno de los muros de contención. El chofer se bajó para revisar daños y se subió inmediatamente, retrocedió el carro hacia la calzada y continuó su camino, balbuceando insultos y estirando su dedo del medio hacia Juan.
El tiempo es oro.
Juan se reencontraría con el señor Veintimilla semanas después, cuando llegó al pent-house de Jairo, con su primo Byron, invitados por Marco.
La primera vez que lo estrangularon, fue una experiencia fuerte para una persona común y corriente. Por lo general, la rendición viene casi de inmediato, impulsada por la desesperación. Con el tiempo, sin embargo — como casi todo lo demás en la vida — uno se acostumbra a la sensación.
Es por eso que los practicantes más avanzados podían aguantar uno o dos minutos bajo la presión de una estrangulación justa, esperando el momento oportuno para salir.
Juan aprendió a lidiar con eso.
Con la luz que se apaga, con los colores que se difuminan y el silencio inminente.
ED






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