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De Ono a Nalbandian

David Nalbandian. Argentino. Tenista. Nacido en 1982. Ganador del Masters de Madrid en el 2007—lo hizo venciendo a Nadal, Djokovic y Federer en el camino. Una joya del tenis. Se retiró y se volcó al automovilismo. En el 2013 anunció oficialmente su participación en el Rally de Argentina.

 

Jiro Ono. Japonés. Chef. Nacido en 1925. Considerado el mejor chef de sushi del mundo. En el 2014, recibió al entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en su exclusivo restaurante: Sukiyabashi Jiro, en Tokio.


— Fue el mejor sushi que he comido en mi vida — dijo el primer mandatario. 


Jiro Ono, un personaje dedicado en cuerpo y alma a un solo oficio durante toda su vida, con disciplina militar. Con un siglo de edad, sigue innovando en su arte, enseñando que el proceso es infinito. 


Ono y Nalbandian, Nalbandian y Ono.



En una semana tuve el honor de adentrarme en la historia de estos dos seres humanos que inspiran. A Nalbandian ya lo conocía puesto que soy fanático del tenis desde que me acuerdo. A Jiro Ono lo conocí a través de un podcast sobre casos de éxito. En fin, dos seres humanos unidos por la eterna persecución de la excelencia. La admiración es universal hacia estos personajes desde tiempos inmemoriales, desde Aquiles hasta Messi. De estas historias nacen las leyendas, se convierten en referentes y en el norte de muchas personas que buscan seguir sus pasos — o por lo menos morir en el intento. Lo digo desde la perspectiva de que todos queremos dejar un legado que trascienda el poco o mucho tiempo que podamos estar aquí. 


Mientras escribo estas líneas, imagino al maestro Ono creando platos nuevos y a Nalbandian estudiando mapas de la próxima carrera o hablando con los ingenieros sobre algún detalle mecánico de la carrera pasada. Los veo en mi mente y puedo sentir que no lo hacen por dinero ni por prestigio.

 

Lo hacen por el simple placer de hacerlo. 


Los últimos meses he sido bombardeado por un montón de información acerca de los riesgos/beneficios de la inteligencia artificial y de lo que va a suceder en los próximos años. El problema es que ni los genios de Silicon Valley tienen idea de lo que viene. Entonces me quedo atónito y pienso — Si ellos no saben, solo queda la especulación. 


Así que en lugar de especular y seguir esas tendencias paranoicas, he descubierto un nuevo pasatiempo: estudiar y admirar las vidas de estas personas que han dado su vida para perfeccionar un oficio.


Seres mortales como tú o yo que, a través del arte y su enfermiza obsesión con su oficio, dejarán un legado al futuro.


ED 

 
 
 

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