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Depende

 — Depende — dijo Carlos — todo siempre depende.


Los tres amigos conversaban sobre la complicada situación que vive el mundo actual— Todos debemos remar para el mismo lado, solo así podremos salir adelante. Al final, todos vivimos en el mismo mar — explicó Daniel, el menor de ellos.

 

Fue entonces cuando intervino Carlos. 


 — Quizás sí, pero todo siempre depende—dijo, agarrando su botella de cerveza. Se recostó en el viejo sillón gris y colocó sus pies sobre la mesa de centro. Primero el derecho y encima el izquierdo, encendió un cigarrillo y contó tres historias...



—Ezequiel, un joven surfista de la zona norte de Perú que padecía epilepsia. Nacido y criado en una casa de bloque y sin techo, en la zona alta desde donde se veía y escuchaba el mar. A menos de un kilómetro de allí, miles de turistas extranjeros disfrutaban de la fiesta, las drogas y las mujeres (algunas niñas todavía) vendidas por sus propias familias. 


Ezequiel se paró por primera vez en una tabla de surf a los cinco años y a los seis tuvo su primera convulsión. A los doce años, su primo mayor le ofreció marihuana para calmar sus episodios y funcionó. Desde entonces, los altos costos de los medicamentos para tratar la epilepsia fueron reemplazados por la medicina natural que su primo le proveía — Carlos se levantó y sacó seis cervezas más del refri antes de regresar a su asiento. Abrió tres botellas y se las pasó a sus amigos antes de continuar.


 — Tenía dieciséis años cuando fue seleccionado para competir en el panamericano de surf en El Salvador. A veces, la ignorancia puede ser cruel. En una inspección de rutina, los agentes de aduana encontraron una funda con cinco gramos de marihuana dentro de la mochila de Ezequiel. El joven, criado entre el polvo y la miseria, quiso explicar que esa era la medicina que usaba para calmar sus ataques epilépticos. No hubo caso, fue llevado a la fuerza a un calabozo dentro del aeropuerto y posteriormente a la estación de policía.

 

La Federación que se encargaba de los atletas se lavó las manos y borraron a Ezequiel de la lista. Informaron a sus padres que había sido detenido por posesión de drogas y que debía cumplir la condena impuesta por las autoridades de El Salvador. El poco dinero que recibía por ser deportista de alto rendimiento dejó de llegar. Sus padres no fueron a verlo.

 

Ezequiel, de dieciséis años, fue encontrado violado y torturado en la celda 15 del bloque 2 de una prisión de mínima seguridad a las afueras de San Salvador.

 

Su familia nunca más lo volvió a ver— Carlos se arrodilló y sacó unos troncos de la canasta de mimbre para alimentar la chimenea.


 

Marco se sorprendió al escuchar su nombre en la segunda historia mientras Carlos abrió otra botella de cerveza.

 

 — Así es — dijo Carlos — pero no era Marco, era Marcos con S al final. Un abogado mediocre pero de buen corazón quien, gracias a su añeja amistad con el alcalde, pudo consolidar un enorme imperio de alitas de pollo.


¿Alitas de pollo? — preguntó Daniel. 


 — Si, locales de venta de alitas de pollo — respondió Carlos, acomodando un tronco que cayó fuera de la chimenea — era la fachada perfecta de un complejo tejido para lavar dinero de coimas políticas. Una intricada red que creció de uno a veintidós locales en menos de un año. Un secreto a voces, como suelen decir. Pero aún así, la gente de bien de la ciudad llenaba las mesas de cada uno de esos locales, contribuyendo ingenuamente a blanquear esa cantidad absurda de dinero.


—Marcos debía velar por su hijo, Sebastián, quien padecía de parálisis cerebral. Unos años atrás su mujer se había llevado a su primer hijo a vivir en otro país, huyendo de la condición de Sebastián. Por eso, cuando llegó la oportunidad, Marcos aceptó lo que tuvo que aceptar para darle una vida digna a su hijo. Y si eso significaba meterse en un esquema de lavado de dinero, pues que así sea.


 Fue demasiado tarde cuando Marcos descubrió que aquel dinero no venía solo de coimas políticas. La guerrilla se había involucrado en la alcaldía a través de proyectos de minería (de oro y diamantes) y de alguna manera debían meter esos recursos en el sistema financiero.


Los locales de Marcos eran perfectos. Lamentablemente, con el pasar del tiempo Marcos se convirtió en un riesgo más que un activo. Un domingo de noviembre, Marcos fue acribillado al salir de la iglesia.


—¿Ósea que aceptar recursos de gente mafiosa no es malo?—increpó Daniel.


—Depende—respondió Carlos.


 

—La tercera historia es mía.


Los dos amigos se miraron entre ellos y luego voltearon a ver a Carlos. 


 — Yo, ya no soy yo.


Meses atrás sentí unas malformaciones en el abdomen bajo. Los resultados de los exámenes fueron desgarradores. Tres meses dijo el doctor— Carlos sacó un cigarrillo y pausó por un momento antes de continuar.


— En algún momento de esos tres largos meses, me decidí dar por vencido. Los dolores eran insoportables y la verdad es que ya no encontraba propósito para seguir aquí en este mundo. Rechacé todo tipo de intervenciones quirúrgicas y venenos que me destruyan junto a la enfermedad. Simplemente dije que no a pesar de la insistencia de mis familiares. Necesitaba saber que siempre sostuve las riendas de mi propia vida con mis manos, sin dejar que nadie más las maneje.


Ver la muerte de cerca te cambia. Por eso sostengo que ya no soy yo.


Fue un día, a inicios de la primavera, cuando me desperté sin ningún dolor. Esos pocos minutos de somnolencia, cuando recién te despiertas, me hicieron creer que estaba en el cielo. Había muerto y pasado a mejor vida quizás. Pero no. Me levanté en el mismo departamento de siempre y vi el mismo sofá viejo al lado de la misma televisión. — Carlos apagó el último cigarrillo en el cenicero de vidrio que reposaba sobre la mesa.


 — Así que si Daniel, es verdad — dijo Carlos — Quizás estamos todos en el mismo mar. Algunos en yates, otros en la sala de calderas y el resto en el agua, flotando, esperando ser rescatados por un barco que nunca llegará. 


— El doctor me vio por última vez hace algunas semanas. Me mostró sorprendido los resultados de los últimos exámenes que comprobaban que cualquiera que había sido el problema, había desaparecido. ¿Crees en los milagros Carlos?— me preguntó antes de salir de su consultorio.


— Depende, doctor— dije y cerré la puerta.


ED

 
 
 

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