El lobby del desamparo
- Esteban Darquea Cabezas

- 2 days ago
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— ¡Pero yo si pagué la última cuota del seguro! – gritaba el joven. Se le notaba la tensión en los músculos del cuello. Pensé que sin ese vidrio de por medio, se habría abalanzado sobre el servidor del otro lado. Más allá, en la ventanilla 4, una señora discutía con la cajera. Trataba de explicarle que ella había dejado los exámenes hace algunas horas, pero que la persona que la atendió la envió a notarizar un documento en el centro.
Cuando llueve, el centro a esa hora es un infierno. Así llegó la señora, con dos fundas del supermercado, el cabello mojado y una carpeta llena de documentos que milagrosamente se había mantenido seca bajo su abrigo beige. Desesperada, le contaba que llevaban muchos meses en esos trámites y que su esposo debía tener un chequeo de emergencia. La cara impávida de la cajera, quien tecleaba sin parar en el ordenador, me dio escalofríos. Me pregunté, ¿será que después de ver tantos casos desgarradores día tras día, la empatía simplemente sale de tu organismo?

Sentado en una de las bancas de la sala de espera, con un papel que tenía escrito el turno A23, observé el desamparo en carne viva.
— Diablos — me dije a mí mismo — y pensar que estas personas tienen seguros privados.
Pagan una barbaridad de dinero cada mes para ser tratados como animales de granja. De un lado a otro, mojados, adoloridos, exhaustos, pero aún así deben agachar la cabeza y recibir su servicio — su pésimo servicio — pues la salud es primero que todo. Muchos alegan que en este siglo vivimos más que hace miles de años, debido principalmente al avance de la medicina. Curioso, sin embargo, como logramos alargar la vida unos cuantos años, pero nos deshumanizamos en el camino. Médicos exhaustos que atienden bajo cronómetro, seducidos por farmacéuticas y catalogados como unos monstruos avaros por otros. Atrás quedaron los años mozos de ir al golf el fin de semana con los colegas.
Fue en ese momento, mientras navegaba visualmente por este lobby del desamparo, cuando me acordé del joven Martín Palacios Pizzi. Un jugador de tenis argentino que llegó al ranking número 321 del mundo. Llegar al número 321 del mundo — en cualquier cosa — es una hazaña extraordinaria. José Martín Palacios Riquelme, su padre, había invertido una pequeña fortuna en la preparación de Martín para llegar a ese nivel.
Sin embargo, nunca pudo romper la barrera de los 300. Se estancó en el ranking # 321 hasta el día en que se rompió la muñeca y tuvo que ser operado de emergencia. Esto, si quería recuperar su herramienta de trabajo. El clásico caso de mala praxis médica, esta vez en un atleta de élite que tenía un largo camino por delante. La infección del hueso fue tal, que tuvieron que amputar su mano derecha. El mánager de Martín, Luis Eduardo Anselmi, había falsificado una firma para expeditar los trámites con la compañía de seguros que lo auspiciaba. Esto le permitió a la aseguradora lavarse las manos y no cubrió los gastos incurridos en cirugías y rehabilitación.
Recuerdo la historia de Martín. Él mismo la contó hace algunas semanas, con una mano menos, hablando en el noticiero de la noche y solicitando caridad para cubrir su enorme deuda.
Aquí, sentado en medio de un lobby mal iluminado que huele a alcohol mentolado de baja calidad, me acordé de Martin y de toda esta caterva de personas que entran y salen, trayendo y llevando cientos de historias. Unas parecidas y otras peores. Todos ellos sufriendo la misma indiferencia de las personas sentadas al otro lado del vidrio — tecleando en sus ordenadores.
Me siento y observo, mientras espero mi turno A23.
— El lobby del desamparo no es un lugar físico — pensé. Es el compendio de todos esos momentos en los que hemos fallado como seres humanos.
Sacudí la cabeza para olvidarme de Martín por un momento y miré hacia la calle. En ese preciso momento, vi a un joven bajarse de su bicicleta para ayudar a un anciano a cruzar la calle. Eso lo había visto solo en películas o en aquellos videos de educación vial, cuando saqué la licencia por primera vez.
— Un atisbo de esperanza, en medio del lobby del desamparo — me dije entre dientes.
Sonreí y comencé a escribir.
ED






Muy bueno!