Una vida simple
- Esteban Darquea Cabezas

- 12 minutes ago
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Tyson. Así me llamaban los empleados del restaurante.
Yo solía dormir muy cerca de la puerta trasera del local, en una pequeña casita de madera. La persona que la construyó desapareció de un momento a otro, pero me dejó un lugar digno donde pasar las noches que — para ser honesto — se ponían bastante frías en ciertas épocas del año.
Mi hora de comer normalmente era al caer la noche, cuando ellos (los empleados) salían con decenas de fundas negras, repletas de residuos y las apilaban en la salida del callejón para que el carro recolector se las lleve en la mañana. La mayoría de veces me daban las sobras de arroz y verduras que la gente dejaba en su plato o los pellejos de pollo que sobraban de cocina.
Pero cuando tenía mucha suerte, alguna señora adinerada pedía medio kilo de steak Tomahawk de $80 y lo dejaba prácticamente entero. Rubén, el mesero dominicano, lo envolvía en papel aluminio y lo sacaba al terminar su turno para compartirlo conmigo.
Rubén era mi humano favorito.

La noche quedaba en silencio cuando el restaurante apagaba las luces y los clientes y empleados regresaban a sus casas. Entonces, me refugiaba en mi casita de madera y trataba de dormir. Sin embargo, las noches albergaban ciertas situaciones que me obligaban a mantenerme en constante estado de alerta: con un ojo abierto y uno cerrado, por decirlo de alguna manera.
Una vez, por ejemplo, ahuyenté a un par de delincuentes juveniles que querían pintar la fachada del restaurante. Los seguí por dos cuadras e incluso le alcancé a morder la pierna a uno de ellos, pero los cobardes lograron escapar. Regresé triunfante a pesar de que lograron marcar un largo trazo rojo en la parte blanca de la puerta de entrada, debajo del letrero que decía, Filipos: Comida Italiana.
Un par de noches después, alrededor de la misma hora, escuché un carro pasar lento y sin luces frente al local. La ventana del automóvil se abrió lo suficiente para que aparezca una mano humana y de ella cayeron dos trozos de pan. Al ver que me acercaba, el carro aceleró y se perdió tras la neblina de esa madrugada fría y oscura. Olfateé el lugar donde cayeron los panes y me los comí. De inmediato me di cuenta de que había sido un craso error ya que sentí el olor de los dos jóvenes de la noche anterior. Sin embargo, ya era tarde, empecé a perder la vista y sentir una pesadez inexplicable por todo el cuerpo. Me arrastré como pude hasta mi casita, vomitando en medio camino, hasta que finalmente quedé inconsciente a medio metro de la puerta de la casita de madera…
Rubén llegó unas horas más tarde, cuando la oscuridad había mermado y el frío empeorado. Llegó con las compras del día cuando me vio tirado en medio del callejón, con espuma en la boca y tiritando. De no haber sido por la minúscula clínica veterinaria a la vuelta de la esquina y la rápida reacción de Rubén, probablemente no estaría contando esto.
Logré sobrevivir al envenenamiento y eso supuso una gran alegría para mi amigo Nacho, el perro salchicha de la esquina. Nacho tenía solo un amigo, y ese era yo. Como todo perro enano, era bastante agresivo y la verdad es que yo no lo toleraba al principio cuando recién lo conocí. Con el tiempo, sin embargo, nos hicimos grandes amigos. Su amo lo sacaba sin correa a diferencia de la mayoría de perros burgueses del barrio. Nacho era divertido, rápido como él solo y feroz en su minúsculo tamaño cuando se encontraba con perros extraños.
Era una vida simple, detrás del callejón de Filipos.
El clima político en esta parte del mundo estaba muy tenso o por lo menos eso escuchaba en la radio, cuando Rubén y los otros chicos salían a descansar de su turno. Allí fumaban cigarrillos y apostaban jugando a los dados. Después de todo, la radio tuvo razón: una noche llegaron centenares de policías para frenar una manifestación política que se empezó a formar en la plaza de la intersección donde se encontraba Filipos. La violencia escaló a una velocidad absurda, impredecible, que empezó esa noche y no cesó por dos días enteros. Todos los carros que habían quedado en medio de los enfrentamientos fueron destrozados, los locales comerciales y Filipos fueron saqueados hasta los huesos, mientras el humo de las bombas lacrimógenas inundaba el ambiente.
Los disparos y las explosiones me alteraron a tal punto que tuve que huir de allí. Corrí lo más rápido que pude en dirección desconocida. El escozor de los ojos era tal que en un momento no podía ver absolutamente nada. Pero yo seguí corriendo, como si me persiguiese el diablo, hasta que finalmente mis pulmones cedieron y caí rendido en la mitad de la nada.
Vagué durante semanas por un barrio desconocido y extraño. Extrañaba mi pequeña casita de madera. Extrañaba a Nacho y a Rubén. Extrañaba esas pequeñas cosas que daba por sentado— a pesar de que no eran muchas.
Hoy volví al viejo barrio. Filipos abrió sus puertas nuevamente, pero mi olfato no detectó ningún olor familiar. La manifestación ha dejado secuelas hasta ahora: Carrocerías de carros incendiados, ventanales destrozados y familias en quiebra. Sigo caminando por estas calles conocidas, pero al mismo tiempo tan extrañas.
Al cruzar la esquina, olfateo algo que me pone en estado de alerta, ¡Es Nacho!
Corro olfateando la senda que me lleva hasta el cruce de las dos avenidas enormes a la que siempre tuvimos miedo pues centenares de perros habían muerto en ese lugar. Por eso no me sorprendo cuando veo a Nacho, mi amigo, el perro salchicha de la esquina, sin vida a un lado del paso peatonal. Me acerco y me recuesto a su lado. Aúllo lo más alto que puedo, pensando que me escucha y volverá, pero no hay caso. Su cuerpo inerte y sus ojos que antes irradiaban vida — ahora tienen una apariencia sintética, como forjados en vidrio. Los carros siguen pasando a toda velocidad por mi lado. Resignado, me levanto, lamo su oreja y sigo mi camino.
Los últimos rayos de sol indican que en poco tiempo el día va a terminar. Debo llegar a Filipos antes de que saquen la basura. Quizás — pienso yo — Rubén dejó instrucciones a los nuevos empleados. Instrucciones que dicen que deben darle las sobras de comida — en especial si sobró un Tomahawk — al perrito blanco y despeinado que vive al lado de la puerta trasera del restaurante, en el callejón mal iluminado, dentro de una cajita de madera tapizada con una colcha color concho de vino.
ED






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