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Despertar

Son las cinco de la mañana. Suena la alarma. La apago y me vuelvo a dormir. Sé que la función de snooze de las alarmas dura nueve minutos. Nueve minutos más de descanso.


Mientras estoy en la ducha, sigo repasando los puntos claves de la reunión con el director de la empresa de reciclaje que nos visitará en la oficina esta mañana. El Ministerio de Medio Ambiente, donde trabajo, es una telaraña de burocracia inepta y corrupta. Hace algunos años conseguí un trabajo disponible como asistente de coordinación y logística en un sector olvidado dentro del Ministerio. Hice un buen trabajo por lo que rápidamente fui escalando posiciones hasta que me ascendieron a coordinador del área de reciclaje y disposición de residuos.

Salgo de la ducha y me espera un café frío y rancio de la noche anterior y dos pedazos de pizza. Me los como — mejor dicho me los engullo — y salgo corriendo hacia la parada del metro que se ubica a cinco cuadras de mi edificio. En el camino me voy amarrando la corbata y me doy cuenta de una mancha amarilla en el pantalón — ¿Cómo diablos te hiciste eso? — me recrimino.


El trayecto desde la estación del metro hacia la oficina era largo, un kilometro quizás. Tenía que cruzar el parque central — en realidad, bordearlo, pues la delincuencia había despojado a varios colegas de celulares y laptops las últimas veces que cruzaron el parque. Llegué a la oficina unos minutos antes de comenzar la reunion, el tiempo suficiente para secarme el sudor de la frente, lavarme el olor a café de la boca y disimular las manchas de sudor bajo las axilas de la camisa blanca (por suerte).


La reunion salió bastante bien. El director me felicitó por el buen trabajo y nos presentó un proyecto enorme de reciclaje integral para toda la provincia. Los términos de referencia para el contrato eran muy específicos. Esto aseguraba que el contrato iba a ir para su empresa, sin duda alguna. Y eso tenia un precio. Mi jefe y el jefe de mi jefe iban a recibir una cuantiosa tajada de dinero en propiedad vertical, bonos y viajes a visitar las oficinas en Nueva York. A mi me enviaron una botella de whiskey durante la semana siguiente a la reunion — una botella finísima, por cierto. Lamentablemente no bebo. Ahí quedará esa botella. Será util para regalarla en Navidad.





Un par de meses después seguía en el mismo trabajo, pero habían aumentado mis responsabilidades y sin un mínimo indicio de un aumento de sueldo. Me sentía como aquellos jóvenes que están pasando increíble en una fiesta y de repente encienden las luces pero no apagan la música, un sutil indicio de que te quieren afuera. Quizás demostré algo de displicencia durante esa reunion especial entre mis jefes y el director y eso los incomodó. Quizás pensaron en que iba a saltar de la emoción o pedir una tajada de semejante oportunidad para engordar mi patrimonio. Joven, soltero y sin responsabilidades, era un espécimen perfecto para aquella operación encubierta. Pero no, nunca fui bueno para esconder emociones, por lo que puedo intuir que mi cara denotaba asco y decepción, más que entusiasmo.

Ese día me quede hasta tarde en la oficina. No solía quedarme en la oficina mucho más allá de las seis de la tarde, más bien siempre buscaba terminar los triviales asuntos de cada día y salir para oler el atardecer mientras recorría el perímetro del parque. Pero no, ese día me quede hasta tarde. Cuando estaba recogiendo mi bolso para salir, escuché las puertas del ascensor abrirse de par en par y vi salir no menos de cinco oficiales de la policía, liderados por dos funcionarios, vestidos con trajes azul marino y corbatas negras sobre una camisa blanca.

Todos quédense en su lugar por favor, estamos dirigiendo una investigación desde la Fiscalía. Me dirigen al despacho del señor Jaramillo — dijo en tono firme y seco el primer hombre.

Todos, menos algunos de nosotros, apuntaron los dedos hacia la oficina del jefe. La puerta se abrió lentamente y el jefe salió de su oficina con una cara de resignación y vergüenza que nunca había visto. En el trayecto desde su oficina hasta el ascensor no levantó su mirada en ningún momento. Solamente observé que antes de entrar al ascensor, susurró algo al segundo hombre del terno azul marino, este se dio la vuelta y me miró. Me señaló con su dedo índice y dos de los oficiales fuertemente armados se dirigieron hacia mi…


Son las cinco de la mañana. Suena la alarma. Me levanto enseguida.


Miro mi kimono blanco tendido sobre la silla y recuerdo que a las seis de la mañana tengo que dar clases de Jiu Jitsu. Doy gracias a Dios de haber elegido bien los caminos de la vida. Le doy un suave beso en la mejilla a la Pao, tratando de no despertarla, me lavo la cara y me preparo para bajar a la primera clase del día. Mientras tanto, mi mente sigue divagando por una dimensión desconocida, tratando de discernir la realidad del sueño.


ED


*Los sucesos y personajes retratados en este escrito son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia.

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