Dios sabe quien lo necesita
- Esteban Darquea Cabezas

- Dec 30, 2025
- 3 min read
Me quedé mirando la pantalla en blanco, sin tener una sola palabra para escribir.
El título del ensayo estaba escrito a mano en un cuaderno de doscientas páginas que tengo siempre al lado del computador, pues hay algo espiritual en el acto de escribir a mano sobre papel. Pero mientras más lo miraba, menos sentía que podía escribir una sola palabra, peor aún hilar dos oraciones coherentes y menos todavía escribir un ensayo completo.
Me quedé unos minutos más mirando la pantalla blanca. El cursor titilaba de forma hipnotizante, y lentamente, el blanco se transformó en una imagen donde estaba yo, de cuatro años. El color blanco de la pantalla reveló un camino lleno de nieve. Tres figuras más aparecieron: mi hermana, mi mamá y la Andreita — nuestra segunda mamá, una mujer que nos crio como a hijos propios, a mis hermanos y a mí.
Andábamos por esa calle blanca, riéndonos, y de vez en cuando pasaba un carro a lo lejos. De repente, empezó a nevar nuevamente, mi hermana armaba bolas de nieve con sus guantes y me las lanzaba, mi mamá filmaba los árboles blancos y la Andreita corría detrás mío viendo que no pise el hielo y me rompa la cabeza, tratando de escapar del ataque armado del cual era víctima.
Volví al presente. Me di cuenta de que si no tengo nada de qué escribir, quizás sea un buen momento para pausar y dejar que imágenes como la anterior inunden mi cabeza. Quizás, esas imágenes logren mover o activar al resto de neuronas dormidas y — si tengo suerte — me traigan de vuelta las palabras que perdí. Así que cerré el computador, me puse los zapatos y salí a caminar con el perro.

— ¡Marihuana, cocaína! — gritaba el hombre — ¡bálsamos de marihuana, cocaína, mentol para el dolor de articulaciones, lleve barato, lleve ahora que se acaba! — Lo escuché mientras curvábamos por la esquina hacia la plaza central.
Ese día salimos a pasear por esas calles históricas, llenas de pequeños balcones y gente alegre. Los centros coloniales de las ciudades latinoamericanas suelen ser muy parecidos entre sí, pero solo quien los camina logra detectar esas sutiles diferencias. Por ejemplo, las buganvillas de Cartagena de Indias tienen un color que nunca antes había visto — mi teoría es que el ángulo de la luz del sol en esas latitudes crea esos colores soñados que no se verán en ningún otro lugar del mundo. En São Paulo, me sentí constantemente angustiado, a la defensiva, a pesar de estar dentro de la catedral; y en Santiago de Chile, me sentí como un engranaje dentro de una máquina que nunca duerme, rodeado de gente gris que camina sin levantar la vista y donde el “buenos días” es mal visto.
Pero fue en esta caminata en particular, cuando escuché al vendedor de pomadas mágicas hechas con ingredientes ilegales: ¿Cómo puede ser ilegal una planta?, me pregunté. Pero enseguida me di cuenta de que llevo más de veinte años tratando de descifrarlo y siento que cada día que pasa estoy más lejos de dar con la respuesta. El vendedor se detuvo con su pequeño carrito metálico de ruedas, bajo una sombra que se formaba por una de las cúpulas de la catedral. Una señora que vendía fruta le dijo algo que no entendí, y solo pude escuchar su respuesta: — Dios sabe quien lo necesita — dijo. Tomó un pañuelo celeste, se limpió unas gotas de sudor que descendían desde su frente hacia su pómulo, y siguió su camino.
— Dios sabe quien lo necesita — me repetí a mí mismo, y seguí caminando.
Me quedé masticando esas palabras por un largo período, hasta que finalmente fueron ellas las que abrieron la llave de paso de donde fluyen estas palabras. Quizás Dios está arriba — o donde sea — buscando almas que necesiten de él. Lo imagino en un enorme cuarto lleno de archivadores con las necesidades específicas y detalladas de cada persona. Necesidades de todo tipo: económicas, emocionales, físicas, mentales, tantas cosas que me pregunto si podrá atender a todos, en todo momento, a toda hora. Me pregunto si tal vez decide tomarse un descanso, cuando ya está abrumado de tanto trabajo, como cualquiera de nosotros. Aplazar unos minutos ese tema que debe ser resuelto, para tomar un café con humita y sentarse a ver una sitcom de los años noventa, para despejar la mente.
Pensé que quizás Dios también nos necesita a nosotros, así como nosotros necesitamos de el. Es decir, en lugar de solo pedir para que se satisfagan nuestras necesidades, podríamos pensar en qué tenemos nosotros para dar, con aquello que se nos ha dado: la nieve, las buganvillas, la familia.
¿Será que alguien más ha pensado en eso? Y si no, a lo mejor es tiempo de hacerlo.
ED






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