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Día a día

Horacio Quiroga decía, dentro de sus principios para escribir cuentos, que no se debe escribir sin saber a dónde vas desde la primera palabra. Creo, sin embargo, que algunas veces hay que desafiar este principio y se debe escribir solo por escribir. Es en ese camino, por los enmarañados confines del cerebro, tan complejo y desconocido, cuando empiezan a aparecer las palabras y poco a poco se van juntando para tener algún sentido ¿Sentido para quién?, se preguntarán. La verdad es que yo me pregunto lo mismo.



Aquel día, estaba a punto de entrar en una crisis de ansiedad por culpa de un trámite en una oficina pública. El miedo indescriptible — que todo latinoamericano ha sentido — de acercarse a la ventanilla después de esperar horas, y que la señora que atiende te diga que falta un papel: una insignificante fotocopia o un comprobante absurdo o, en realidad, cualquier nimiedad que termina arruinándote el día. Afortunadamente, eso no sucedió y la señora recibió todos mis papeles amablemente. Luego, me entregó un turno con el número 8 y me dijo que esperara hasta ser llamado. Incluso me deseó un buen día, y eso, en este país, es como ganarse la lotería.


En fin, me senté y abrí mi libro. Cosa extraña hoy en día, pues los smartphones han ganado la batalla contra los viejos libros de papel, abrir un libro se ha convertido en un acto de rebeldía. Me sumergí en una recopilación de cuentos cortos del genial escritor japonés Haruki Murakami. Uno de sus cuentos, narra la historia de un cirujano plástico que se enamora perdidamente de su amante, una mujer casada y con un hijo. El hombre termina muriendo, literalmente, por amor, al descubrir que ella se va con un tercer hombre. Pero es a la mitad de la lectura, cuando me encuentro con otra historia, un cuento dentro del cuento.

 

En una de las conversaciones entre el cirujano plástico y el narrador, aparece la historia de un prominente médico judío que fue capturado e ingresado a un campo de concentración durante la Segunda Guerra. El médico, atrapado en una situación terrible, reflexiona sobre su sino. Piensa en su prestigio, en el dinero, los carros, los departamentos y todo el conocimiento que acumuló tras años de estudio y trabajo. Sus reflexiones lo llevan a pensar en que: cuando te quitan todo, absolutamente todo, y se destruye ese cascarón superficial que tenemos; cuando, por ejemplo, terminas en un campo de concentración como un perro, a merced del primer guardia que te mate a porrazos. Entonces piensa y se pregunta — como todos, en un momento u otro de nuestra vida: ¿Quién diablos soy?


Pienso en mi caso personal. En los últimos meses he escrito un montón de cuentos, he jugado cientos de horas de tenis, retomé el hábito de jugar ajedrez una vez por día y me mantengo luchando Jiu Jitsu con jóvenes que tienen la mitad de mi edad; estoy fuerte y sano. Pero algunos días, cuando las luces de la ciudad se empiezan a prender y el cielo se oscurece, me siento frente al computador, y — mientras el cursor del texto parpadea incesantemente  sobre la pantalla blanca— no tengo una sola palabra que salga de mi cabeza. En esos días me pregunto lo mismo que aquel médico.

 

Sería algo grandioso poder responder a esa pregunta y saber quien eres. En los deportistas de élite por lo general vemos esta respuesta — pues en su gran mayoría, desde pequeños se obsesionan en una sola cosa. Atletas superdotados que nos dan ejemplos de superación, de disciplina extrema, de grandeza, incluso algunos hablan de experiencias religiosas en el campo. Ellos alcanzan momentos que son imposibles de acceder para la mayoría de mortales.

 

Lamentablemente, ese regalo divino viene acompañado de descripciones vagas, incluso se podría decir burdas y tontas. Recordemos la clásica entrevista a un jugador de fútbol, de cualquier país o idioma, al terminar el partido:


 — Fulano, metiste dos goles el día de hoy y le diste el campeonato a tu equipo, ¿cómo te sientes? — Bueno, me siento muy feliz de poder ayudar a mi equipo. Me siento feliz de contribuir a este momento, pero es un trabajo de todo el equipo y el esfuerzo diario de todos los días para poder ganar este trofeo — 


Y nosotros, como consumidores del espectáculo deportivo, seguiremos pegados a las pantallas oyendo las mismas declaraciones vacías y simplonas una y otra vez. Pero, ¿por qué lo hacemos? Porque es el precio que tenemos que pagar por verlos brillar en su oficio. Quizás sus genios deportivos no serían los mismos si tuviesen la capacidad para hablar y comunicar sus ideas  magistralmente. Es más, parafraseando a David Foster Wallace, quizás esa sea la esencia misma de su regalo divino: su incapacidad para poner en palabras sus propias genialidades.

 

 — ¡Turno 8, última llamada turno 8! —escuché por el altavoz. Fue entonces cuando despegué los ojos del libro y entré en razón nuevamente. Estaba absorto pensando en el médico judío que cuestionaba su propio Yo, encerrado en un campo de concentración. Y luego las rieles del tren de pensamientos se desviaron hacia el atleta de élite, que roza la divinidad a través de un estado de conciencia que el común de los mortales nunca experimentará y, al mismo tiempo, es incapaz de comunicarlo. Entre esos pensamientos se cruzaron las palabras de la burócrata que gritaba mi número por el altavoz — ¡Turno 8!


Al acercarme a la ventanilla, la señora me entregó las llaves del carro y un certificado. Felizmente, mi carro había pasado la revisión técnica obligatoria. Señalé la página del libro antes de ponérmelo bajo la axila y caminé rumbo al parqueadero. En esa caminata, el médico y la genialidad atlética seguían dentro de mi cabeza. ¿Y yo? Pues yo escribo estas palabras sin ningún fin en sí mismo. Siento contradecir el genio de Quiroga y sus principios para escribir cuentos.


Pero de vez en cuando, creo que solo debo escribir por escribir. 


ED


 
 
 

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