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El oficio

De la milenaria disciplina de afilar metales (y personas.) 


Yasugui — Japón, 1645 d. C.

Sigue oscuro allá afuera, pero el sol saldrá en poco tiempo. Me levanto y me pongo de rodillas. Rezo y me visto, callado, sin hacer ruido. Abro cuidadosamente la pequeña puerta y camino hacia la huella en el campo que me lleva a la orilla del rio. Sigo el camino rio abajo, se escuchan pájaros y el sonido del agua tranquiliza. El sol nace de una manera peculiar últimamente, sus rayos queman de una manera diferente. Camino con el sol a mi espalda por algunas horas hasta llegar a las playas de arena ferruginosa donde los jóvenes se reúnen y nadan en el río. Los más temerarios, escalan la enorme piedra maciza y se lanzan a la piscina que allí se forma. Me detengo un momento para descansar y disfrutar del sol antes de empezar la ardua tarea. 


Traigo una pequeña pala de hierro con mango de madera. La uso para recoger la arena y meterla dentro del saco de tela. El regreso es largo, con el peso de la arena en mi espalda. Pero es algo que ha hecho mi familia por cinco generaciones. 


No es trabajo. Es honor.  


Antes de salir, vi que la fogata empezaba a humear. Mi hermano se levanta — incluso más temprano que yo — para encender el fuego. Ese carbón luego sirve para alimentar el horno donde se mezclará con la arena ferruginosa. De aquella fogata sale el tamahagane o acero precioso, producto de la fusión entre el hierro de la arena y el carbón vegetal.


Al regresar, el horno estará listo.


Cuenca — Ecuador, 2025 d. C.

He pasado todo el domingo viendo la transmisión en vivo del mundial de Jiu Jitsu celebrado en California. Algunas personas me han preguntado el motivo por el cual, incluso los fines de semana, veo Jiu Jitsu. — Ya haces eso todos los días — suelen decir — ¿Cuál es la razón para hacerlo un domingo? 


Obsesión —  respondo. Con esa respuesta, no preguntan más. 


Mañana es lunes. El tatami está limpio y desinfectado, todo en orden para una semana más de transmitir el arte a mentes sedientas de conocimiento. Un oficio artesanal, transmitido de profesor a estudiante durante miles de años. Como la tradición de forjar sables a partir de arena y carbón. Oficios que resisten el paso del tiempo. A pesar de vivir en una época donde la tecnología avanza a pasos agigantados, aún creo que podemos resistir. Debemos resistir. 


 — Ninguna inteligencia artificial podrá hacer algo semejante a lo que hacemos ni en un eón — pienso, antes de entrar nuevamente a las páginas de El libro de los cinco anillos de Miyamoto Musashi. Sin embargo, a veces dudo. ¿Será que quienes transmitimos estos conocimientos milenarios terminamos siendo reemplazados por máquinas? 


Solo el tiempo lo dirá.


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Yasugui — Japón, 1645 d. C.

Se necesita una tonelada de satetsu (arena ferruginosa) para producir doscientos kilos de tamahagane, el acero precioso que usamos para fabricar nuestras katanas. El abuelo de mi padre fue samurái, leal al clan Toyotomi. Su rectitud y disciplina eran admirables. Sin embargo, fue su incontrolable ira la que lo obligó a dejar la guerra por la herrería. Y fue en este rubro en el que sobresalió y obtuvo la admiración y el respeto del shogun. Desde entonces, su formidable ética de trabajo y su extrema fijación hasta del más pequeño detalle, han producido las katanas más hermosas y letales que ha visto el hombre. Un acero tan poderoso como elegante, afilado como una hoja de afeitar, pero resistente como el bambú ante el viento. 


Al fallecer, ese oficio quedó en manos de su hijo, mi abuelo, y ahora de mi padre. En algún momento, mi hermano y yo continuaremos con el oficio. 


La caminata de regreso es pesada, más aún con el sol que va llegando a su cenit. El sudor me recorre la frente y las axilas, al tiempo que trato de engañarme de que el dolor de espalda es solo parte de mi imaginación. Continúo impasible, estoico, es parte de mi entrenamiento como miembro de una casta guerrera. 


Al llegar, los sacos de satetsu los dejo a un lado del horno tatara. Grandes pedazos de carbón vegetal se colocan adentro junto con la arena recién llegada. La mezcla se cocina durante tres días y tres noches.


Cuenca — Ecuador, 2025 d. C.

Lunes. El mejor día de la semana. Un nuevo comienzo para estudiar el arte del Jiu Jitsu — y sus infinitas posiciones — como equipo y luego, el gran desafío de ponerlas en práctica.


Llevo dieciocho años estudiando el arte del Jiu Jitsu. En este tiempo, he aprendido que hay pocas certezas en la vida. Una de ellas es que los primeros años son duros, muy duros, y por eso admiro a las personas que empiezan el camino desde cero. Primero debes aprender a defenderte. Aprendes a sobrevivir. Esta es la lección más importante del resto del camino. Hoy, por ejemplo, empiezan dos alumnos nuevos y tengo que ser muy claro sobre el camino que van a comenzar. Por eso, me aseguro de que cada vez mi comunicación sea la mejor posible.


Mejor que con el alumno anterior y así sucesivamente. Mejoramiento continuo. 


En esta primera clase aprenden la importancia de la defensa. Aprenden que una vez que aprendes a defender, a sobrevivir, pasas a la siguiente etapa que es controlar. 


Yasugui — Japón, 1645 d. C.

Una vez trascurrido el tiempo necesario, quiebro el horno y retiro los pedazos de tamahagane. Los pedazos varían en calidad, el proceso debe ser meticuloso para encontrar los pedazos ideales para las diferentes partes del sable. Por ejemplo, no es lo mismo el cuerpo del sable que su filo. Se necesitan diferentes cantidades de carbón, dependiendo de la dureza requerida. Este conocimiento artesanal se ha transmitido generación tras generación y se obtiene a través de miles de horas de estudio, prueba y error, hasta encontrar el sello individual de cada herrero. Los samurái no llevan su espada como un simple objeto para asesinar. 


Ahí llevan su alma. 


El proceso se respeta al pie de la letra. Una vez separados los diferentes pedazos de metal, dependiendo de su contenido de carbono, mi padre empieza el proceso de forjar el acero precioso. Una larga vara se conecta al cubo de acero, el cual se introduce al fuego y luego se coloca encima del yunque. Entonces, mi padre con un martillo pequeño, dicta el ritmo al cual mi hermano y yo debemos golpear el pedazo de acero para darle la forma de la katana. Los combos son pesados para nuestros pequeños brazos adolescentes, pero es parte del oficio. No tenemos alternativa. Después de golpear varias veces, mi papá vuelve a colocar el acero al fuego. El sable se dobla una y otra vez hasta formar varias capas de acero reforzado. El proceso se repite las veces necesarias hasta que la katana tome forma.


El dolor de las ampollas que se forman en las manos, luego de horas de martillear el acero, es terrible. Pero más terrible sería el deshonor de quejarse. Nos miramos con mi hermano, agotados, pero seguimos martilleando. Así ha sido y será mientra dure este legado familiar. El calor que emana el horno nos mantiene sudando y el rostro gris por causa de la ceniza.


Pero ese es el oficio. Eso es lo que hacemos.


Cuenca — Ecuador, 2025 d. C.

Curiosamente, al aprender a controlar a otra persona en una pelea, aprendes a controlarte en cualquier situación que la vida te presente.


En esta etapa de aprender a controlar al oponente — que por lo general empieza en la cinta azul y se prolonga hasta la cinta café — el estudiante entiende una de las definiciones más exactas del arte que practicamos: el Jiu Jitsu es el arte y la ciencia del control, que lleva a la finalización.


El control — como en el proceso de forja de la espada — consiste en aprender a recolectar el material crudo y, mediante un proceso largo (a veces tedioso), empiezas a rescatar lo que te es útil y a descartar lo que no. El proceso vale más que el resultado final. Cuando aprendes a amar el proceso, incluso la idea del resultado comienza a cambiar. Los años pasan y te das cuenta de que la idea original dista mucho del producto que tienes en mano. 


Suelo comparar el arte que practicamos con el oficio de fabricar espadas japonesas. Estas mortales obras de arte son fabricadas a partir de arena. Si, de arena y carbón. Con esta mezcla, y un proceso que dura meses, se da forma al acero más fuerte conocido por el hombre.


Así nace la mítica espada del samurái.


Yasugui — Japón, 1645 d. C.

Después de casi seis meses de trabajo, tenemos el producto final casi listo. En la tarde dejaré el sable en casa de Yoshi, un maestro togishi. Un especialista en el pulido tradicional de sables japoneses. Su bisabuelo, su abuelo y su padre han hecho lo mismo que nuestra familia por cientos de años. 


Trabajamos juntos, codo a codo, para crear arte. 


El pulido se realiza con piedras finísimas y mucha paciencia. El objetivo de esta etapa final es revelar el alma del sable. La línea característica del filo de la katana, que le da su singular atractivo, se llama hamon. Es Yoshi quien lo revela y así termina el trabajo de meses, para revelar la belleza de una obra única e irrepetible — o, en algunos casos, un paso en falso que destruye todo el trabajo de meses.


Por fortuna, Yoshi nunca pisa en falso. Su trabajo ha sido impecable desde siempre, como el de su padre y su abuelo antes de él. Y así, luego de más de ochenta horas, Yoshi entrega el producto final. Mi padre, con una sonrisa tímida, recibe el sable. Ahora solo queda el protocolo oficial para entregar la obra al shogun.


Cuenca — Ecuador, 2025 d. C.

Algunas semanas atrás, vagando por el centro de la ciudad, finalmente conseguí algo que he buscado desde que era niño: una katana. 


Tengo una fotografía tomada por mi mamá hace casi treinta años. En ella, estoy con un traje de karate de color blanco y una camiseta blanca enrollada en mi cabeza, de tal forma que solo mis ojos están visibles. Mis manos están levantadas y sostienen una katana de juguete que me habían regalado por navidad. Esa foto me recuerda que, de cierta manera, siempre fui un artista marcial.


Solo me faltaba mi katana (no de juguete). 


Entonces, fue en una de esas tiendas del centro de la ciudad, donde venden antigüedades y objetos de colección, que la vi acostada sobre uno de los muebles de exhibición. Una réplica decente, con muy buenos detalles. La desenvainé y apareció una hoja de acero inoxidable y la luz del día revelaba un hamon uniforme, aunque claramente era una espada hecha industrialmente en una fábrica. A pesar de ello, salí de la tienda con una katana


Ahora cuelga frente a nuestra cama, como símbolo de protección a mi familia. Pero además, tiene un valor adicional. El proceso de forjar la katana se parece mucho al oficio de estudiar y enseñar el Jiu Jitsu. Años de estudio y perfeccionamiento de las técnicas, una y otra vez, hasta que cada una de ellas se convierte en sí mismo en una pequeña obra de arte. 


Luego — y más importante todavía — está el componente humano. 


Cada estudiante — concluí — llega como un montón de arena y carbón que se debe forjar en el acero más fuerte que ha visto el ser humano. Algunos se rompen en el camino. Eso pasa, aquellos que no resisten el fuego, ni los golpes del martillo, ni los cambios bruscos de temperatura necesarios para templar el acero. 


Entonces pienso — Si el proceso fuera fácil,


la katana no tendría el mismo valor, ¿no?


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Epílogo

Unas horas después de terminar estas palabras pensé lo siguiente:


A pesar de tener una katana colgada frente a nuestra cama, recuerdo que es una de tantas que han sido producidas en masa. Miles de espadas idénticas se producen para suplir el mercado de occidente. Desesperado por las antiguas filosofías orientales de artes marciales, para lidiar con la angustia en la que mucha gente vive producto del estrés. Estos símbolos, de alguna manera nos recuerdan que el proceso (de forjar sables y estudiar artes marciales) requiere de tiempo, paciencia y una dedicación obsesiva al oficio. La hipocresía, es que algunos símbolos — como mi katana — son producto de los mismos medios de producción masiva e industrializada que se critican. 


En fin, el mundo al revés como dijo Galeano.


 
 
 

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