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El Primer Yo

Me acuerdo del invierno, en especial de los copos de nieve que iban llenando nuestro jardín mágicamente. White Christmas era el término que usaban los adultos cuando nevaba en la época de Navidad, pues no todos los años eran así. El verde se transformaba en blanco, y esa capa blanca crecía y crecía a tal punto que se transformaba en un enorme océano de nieve sobre el cual me zambullía como si fuese una piscina. Me lanzaba en plancha, de cara, con la panza hacia abajo y cuando me levantaba, con la cara roja del frío, las cejas y pestañas pintadas de blanco, ahí quedaba tatuada en la nieve la silueta de mi cuerpo. Construíamos muñecos de nieve con narices de zanahoria y ojos de botones con mi hermana y la Andreita. Épocas lejanas que me traen una sonrisa al recordar aquellos meses llenos de nieve, luces y villancicos.

A los ocho o nueve años fue mi primera experiencia con las artes marciales. Fue en una escuela de karate, en Quito. Mi mamá me llevó después de la escuela y recuerdo que lo que más me impresionó fue el gran número de armas japonesas colgadas en la pared. Catanas, Sais, Nunchakus, Bos, y otras armas cuyos nombres no recuerdo, decoraban la larga y sombría entrada del dojo hasta llegar al salón principal. Esas armas míticas — que hasta ese entonces solo había visto en películas — hacían honor a una cultura guerrera con miles de años de existencia. Fue un fascinante primer encuentro, mientras duró. Lamentablemente la emoción terminó pronto, pues durante esa primera clase, el profesor optó por obligarme a descuartizar sin aún tener la flexibilidad suficiente para hacerlo. Estaba yo parado con las piernas separadas a la altura de los hombros, hasta donde llegaban. Bastó un ligero golpe con su pie en contra del mío para separar mis piernas bruscamente y producir el mayor dolor que había sentido hasta ese entonces. Acto seguido, regresé a casa y acusé al profesor con mi mamá, le conté sobre la violencia totalitaria y fascista con la que me había tratado y fin, ese fue el primer y único acercamiento con las artes marciales — de manera presencial — hasta que conocí el Jiu Jitsu, una década más tarde.

Mi adolescencia transcurrió sin mayores novedades. Gracias a Dios nuestros papás siempre nos inculcaron el hábito de hacer deporte. Soy bastante introvertido y por esa razón imagino que la natación siempre fue uno de mis deportes preferidos en ese entonces. No obstante, la parte competitiva nunca fue prioridad para mi, aunque me gustaría contarles acerca de mis viajes por toda Sudamérica compitiendo y ganando medallas en los Juegos Sudamericanos o quizás alguna heroica participación en las clasificatorias para las Olimpiadas, pero serían una sarta de mentiras. Lo hacía porque me daba paz. Mi conexión con el agua era principalmente una manera de aterrizar ideas y pensamientos para sobrellevar el estrés propio de la adolescencia. Ahora, mirando hacia atrás, pienso en lo ridículo que suena hablar de estrés adolescente, sobre todo por la inmensa suerte que tuve en esa época. Debo aceptar que fui muy bendecido — y lo sigo siendo — , a pesar de que no lo sabía o peor aún, no lo apreciaba.


La universidad. Quisiera también aquí contarles acerca de fiestas épicas en las que me despertaba en lugares desconocidos viendo el amanecer, sin saber como diablos había llegado allí. Fiestas descontroladas con alcohol y drogas a borbotones, conciertos al aire libre y concursos de camisetas mojadas. Quisiera contarles todo esto y más, pero seguiría siendo una gran bolsa de patrañas. Si, hubo algo de alcohol — cervezas y *piscolas sobre todo — una que otra fiesta, pero en general, mis años de universidad transcurrieron de manera diferente a lo que pinta Hollywood. La mayor parte del tiempo pasé entre la biblioteca — leyendo lo que nunca leí en el colegio — , las salidas de campo que me permitieron conocer lugares maravillosos de un extraordinario país como lo es Chile y un mediocre intento por ser triatleta, intento que terminó de pronto, cuando en mi tercer año conocí el Jiu Jitsu.


El Jiu Jitsu me salvó — literal y figurativamente. Me dio una vida. Me dio estabilidad pero sobre todas las cosas, me enseñó a reconectarme con mi primer Yo, a pesar de ese primer encuentro frustrado con las artes marciales años atrás. Ese primer Yo que se lanzaba de cara en la nieve, que veía películas en blanco y negro de samuráis y se le iba el aliento cuando veía una espada japonesa de la vida real. Ese Yo que colgaba afiches de las Tortugas Ninja en su cuarto, nunca se había ido, había estado escondido, asustado quizás, una vez que descubrió la forma en la que funcionaba el mundo. Un mundo perverso que obliga a enterrar sueños a cambio de un salario. Y quizás, si tienes suerte y te matas trabajando cincuenta años para otras personas, te retiras con una miserable pensión y pasas las horas consumiendo contenido basura que te bombardean a través de un sinnúmero de pantallas, hasta que un día tomas la decisión de meterte un balazo en la cabeza.


Fin de la historia.


No, no quería eso para mi. Ese primer Yo tuvo el coraje de agarrarme de los pelos, mirarme a los ojos y decirme, “Mira pedazo de cobarde, o vives la vida bajo tus propios términos o vas a terminar con tus sesos desparramados sobre una pared color beige de una suite sobre preciada en la zona más prestigiosa de donde sea. Después de todo, pase lo que pase, igual no saldrás vivo de ella. Mejor ser el héroe de tu propia película que un extra en la película de otro.” Ese pequeño gordito majadero me dio la fortaleza — junto con otra gente maravillosa que he tenido la bendición de tener en mi vida — para aferrarme a ese sueño absurdo de ser un ninja y finalmente, en contra de todo pronostico, serlo de verdad.


Un ninja, del sigo XXI.


Gracias gordito, de aquí en adelante me encargo Yo.


ED


*piscolas: pisco con Coca-Cola, mezcla común en Chile.
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