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El señorito MacArthur

 — ¡Señorito MacArthur! — le solían gritar los compañeros del colegio para sacarlo de sus casillas. El joven inmediatamente se cuadraba, con los puños en alto, para pelear con cualquiera que lo llamara así. Decía que era un insulto al apellido de su familia y que debía defenderlo a capa y espada.



William MacArthur, su abuelo, llegó al Ecuador a principios del siglo pasado. Un hombre inteligente y obstinado que se dedicó al negocio de la importación y levantó un imperio desde sus cimientos. Al cabo de dos décadas, era una de las personas más influyentes del puerto principal y un acaudalado hombre de negocios. Fue su padre — quien además era el único hijo — quien se hizo cargo de las empresas de su abuelo cuando éste murió de un infarto fulminante en el hoyo 5 del club de golf, un domingo soleado de junio.


William MacArthur Jr., su padre, fue un paso más allá que el abuelo. Se introdujo en la política desde muy joven, donde ejerció varios cargos. Fue ministro de Defensa en su momento. Al dejar el cargo público, siguió generando muchísimo dinero con el lucrativo negocio de la seguridad privada. En un país devastado por la delincuencia, la idea de la seguridad era tan necesaria como tener sal en la despensa. El imperio de los MacArthur creció de manera exponencial durante ese periodo del gobierno oficialista. MacArthur Securities generó más dinero del que mil familias pudieran gastar en mil vidas. 


William MacArthur III, el joven que golpeaba a cualquiera que ofendiese su apellido, se convirtió en un prominente abogado. Se dio cuenta a temprana edad de que su nombre: William MacArthur, no encajaba muy bien dentro de la esfera política de un país latinoamericano. Más astuto que su padre, se mantuvo detrás del telón político. Lejos del ojo público, se dedicó a trabajar de cerca con la policía y estaba al tanto de todo lo relacionado con la seguridad nacional.

 

El caso Ochoa estremeció al país. Fueron meses de investigaciones sin resultados y reportajes sensacionalistas en cada noticiero nacional sobre tres hermanos que fueron secuestrados de su escuela a plena luz del día. Su padre, Gerónimo Ochoa, un humilde comerciante de la bahía, se partía el lomo trabajando para pagar una educación digna para sus tres hijos. Se los llevaron en el recreo, un día martes de septiembre. Nadie vio nada. Dos semanas después del secuestro, en horas de la tarde, dos individuos al borde de una motocicleta dejaron un paquete en el portón de la casa de los Ochoa. 


El paquete contenía el dedo índice de Jano Ochoa, el mayor de los hijos, con una carta que nunca fue liberada a la prensa.


William MacArthur III, como presidente de MacArthur Securities, vio una oportunidad única para usar esa desgracia como apalancamiento para sus aspiraciones empresariales. Salió a las calles para protestar junto a la familia Ochoa, reclamando justicia por los niños desaparecidos, agarrado de la mano de Gerónimo Ochoa, con los brazos en alto. Gracias al trabajo en conjunto entre la unidad antisecuestros de la policía y el grupo de inteligencia de la empresa MacArthur Securities, lograron dar caza a los secuestradores — pero nunca encontraron a los hermanos Ochoa.


Un tiempo después, William MacArthur III, fue recibido en el Palacio de Justicia para recibir una condecoración por parte de la Policía Nacional por su invaluable colaboración en contra de la delincuencia. El evento fue un jueves de octubre, en el lujoso club de campo del Ministerio de Defensa — el mismo donde murió su abuelo años atrás.


 

El señorito MacArthur regresó temprano a su casa esa noche. Le dijo a su mujer que se sentía enfermo, pero que ella debía quedarse compartiendo con las personas del evento. No era de buen gusto que desaparecieran ambos. Ella entendió y él, con el sigilo que caracteriza a las esferas poderosas de todos los rincones del planeta, se escabulló del evento y se dirigió a su hogar.

 

El lobby de la Hacienda MacArthur tenía un piso de mármol que conectaba la puerta principal de la casa con la biblioteca. Esa noche, después de disculparse y salir del evento, llegó a su oficina — que quedaba detrás de la biblioteca — y se retiró la chaqueta del terno negro. La colgó y caminó hacia el enorme librero detrás de su escritorio. El olor a barril de roble aún impregnaba ese lugar que alguna vez fue la bodega secreta de su abuelo, donde tenía el mejor vino y el mejor coñac que el dinero podía comprar. 


Allí, detrás de una colección de libros de la enciclopedia Salvat, tiró de una pequeña palanca de madera que activó un sistema de poleas.

 

El librero giró para dejar al descubierto una enorme puerta metálica. En el medio, una pantalla se prendió con un teclado numérico digital.


MacArthur introdujo una clave de seis dígitos: 56 78 76.


La puerta se abrió lentamente y despidió un olor a humedad y desesperación. La luz tenue de la lámpara de la oficina reveló un fino rastro de sangre seca en el piso que trazaba una línea hasta llegar a la sombra de lo que parecía ser una persona acostada en el piso. Era Jano Ochoa, el mayor de los hermanos secuestrados. La sangre seca provenía de la herida de su dedo, el mismo que había sido cercenado y enviado a sus padres como prueba de vida tiempo atrás.

 

A su lado, temblorosos y sin habla, se encontraban Tomás y Josué.

 

MacArthur se retiró el reloj, lo dejó sobre la pequeña mesa, encendió la luz del cuarto e ingresó.


Se escuchó la puerta metálica cerrarse, dejando un silencio sepulcral en la biblioteca. Un lugar en el que, alguna vez, hasta el honorable presidente de la república se sentó para discutir temas de seguridad nacional.


ED

 
 
 

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