Pinté, pero no para contemplar.
- Esteban Darquea Cabezas

- Feb 5
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Alcé mis ojos hacia la estantería blanca, que se encuentra suspendida encima del sofá del dormitorio. Sobre ella, vi un montón de trofeos: unos plateados, unos dorados, unos pequeños y otros más grandes; debajo de ellos, un sinnúmero de medallas: de oro, de bronce, de plata, y una transparente de plástico. Me acordé por un instante de ese indescriptible sentimiento que inunda el cuerpo y la mente cuando te levantan la mano al ganar un combate; y también recordé aquel amargo sabor después de perder, ante tu equipo, tu familia y cientos de extraños.
— Nunca se pierde — suelen decir —, solo se aprende.
Esa afirmación es pura mierda.

Claro que se pierde, y duele mucho. De hecho, muchas personas se quiebran y abandonan la actividad por completo. Otros superdotados en cambio, solo requieren de unos pocos segundos para sacudirse ese dolor y seguir adelante. Ese es el secreto de los grandes, de los legendarios. Se tragan el veneno y lo expulsan lo antes posible de su sistema, a como de lugar, antes de que llegue a una sepsis incontrolable. Un ejemplo actual es el tenista serbio Novak Djokovic. Él puede romper dos raquetas, insultar al público y a sus entrenadores después de un mal golpe, pero en cinco segundos su mente vuelve a estar en esa zona de competencia élite, reservada para unos pocos seres humanos.
Para ser honesto, nunca me gustó competir. Lo digo después de casi dos décadas compitiendo en Jiu Jitsu y tres peleas profesionales de MMA. Uno se asombraría al escuchar esto, pero es verdad — mi verdad.
Y por alguna extraña razón, lo sigo haciendo.
Y es que demasiadas veces he visto profesores que llegan a un estado casi catatónico en el que dejan que las glorias pasadas se encarguen de ensalzarlos. Pero yo aprendí desde temprana edad, que la mejor forma de enseñar es — y será siempre — con el ejemplo. Demostrar con hechos que aquello que ponemos en práctica diariamente en los entrenamientos funciona en un ambiente caótico y estresante como la competencia. Así que de alguna manera, lo hago por ellos, por mis alumnos.
Después de todo, para eso ingresan las personas a una academia de artes marciales: para defenderse del individuo con capucha y la cara tapada que se esconde en un callejón oscuro, listo para saltar sobre ellas y hacerles cosas inimaginables, ¿no es verdad? En este sentido, mientras más real sea el escenario en el que deben poner en practica lo aprendido, más cerca estarán del objetivo inicial.
Es una experiencia transformadora, la de poder contribuir en el proceso de moldear a una persona. Muchas de ellas llegan sin poder ni mirar a los ojos cuando saludan y tras un proceso largo— y muchas veces doloroso— se convierten en guerreros y guerreras; pero también gente buena, cordial y honesta, capaz de contribuir positivamente en su casa, en su trabajo y en la sociedad en general. Se me vienen a la mente esas obras enormes, eternas, del tamaño de un ser humano adulto. Obras talladas a partir de una sola pieza de mármol. Siempre me asombra la capacidad de aquellos genios para hacer que el mármol se vea como un pedazo de tela.
He sido afortunado de formar parte de este oficio de forjar guerreros y guerreras dentro de esas cuatro paredes que llamamos academia. Un proceso similar al milenario oficio de forjar la katana, la legendaria espada de los samuráis. Un proceso que consiste en golpear sin misericordia el acero, doblarlo decenas de veces para darle fuerza, meterlo en el fuego y someterlo a temperaturas extremas para después seguir golpeándolo. De ese proceso sale el acero más duro que ha conocido la humanidad. Luego, un largo proceso de pulido del sable hasta obtener una obra de arte única, una hermosa y mortal pieza, a base de fuego y martillazos.
Después de muchos años, ahora sé que el secreto reside en tener el temple necesario para, una vez concluida la obra, pasar a la siguiente sin mirar atrás. Cada persona tiene su propio camino y en este sentido, unos llegan y otros se van. Hay que aprender a valorar a los que se quedan y agradecer por los aprendizajes que dejan los que se van. Así, descubres que la idea nunca fue quedarte contemplando aquello que ya fue creado a partir de la nada.
No.
Se trata de darte cuenta de que pintaste — no para contemplar — sino por el gozo mismo de pintar.
ED






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