Salir
- Esteban Darquea Cabezas
- 5 days ago
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Salí de la enorme valla publicitaria con mucho cuidado, primero saqué la pierna derecha y luego la izquierda. Pisé la estrecha grada metálica que usaban los trabajadores para instalar las vallas y miré hacia abajo. Allí estaba la Avenida Nacional, una carretera monstruosa de ocho carriles de ida y ocho carriles de vuelta, separados por unas barreras de hormigón. Lentamente moví mis pies de forma lateral, hasta llegar a la escalera. Paso a paso, descendí con el miedo latente de caer en cualquier momento y terminar aplastado por los miles de vehículos que transitan esos dieciséis carriles a una velocidad absurda.

Me saqué el sombrero de vaquero y lo lancé hacia abajo. La publicidad era de una empresa moribunda de cigarrillos. Era un último intento para mantenerse a flote — en un mercado cada vez más consciente de hábitos saludables y que, por lo tanto, ya no consumía su producto. Entonces, revivieron la vieja idea del vaquero cabalgando por el páramo mientras fuma un cigarrillo. El departamento de marketing aún no sabía que la junta directiva de la empresa había decidido declararse en bancarrota al finalizar el próximo trimestre.
En fin, bajé cuidadosamente los últimos peldaños del enorme poste de acero estructural y llegué al parterre. Las ráfagas de viento producto del flujo vehicular por poco me tumban al piso, cuando me logré sostener de una manilla de hierro que salía de uno de los bloques de hormigón. No sé cómo, pero logré pasar los ocho carriles en una corrida desesperada que terminó conmigo de cara contra la vereda opuesta. Me levanté y sentí un líquido chorrear por mi frente — Sangre — me dije a mí mismo. Seguí caminando hasta que encontré un carro estacionado en una calle secundaria. Me acerqué al retrovisor del lado derecho y vi que solo era agua.
Recordé que yo no sangro. No soy de verdad.
Más adelante, entré a un baño de la estación de metro y me desvestí para cambiarme de ropa. En el camino, había robado un pantalón y una camisa de una lavandería pública. Mientras me cambiaba, vi en el espejo un cuerpo tallado perfecto, el ideal del hombre moderno. Los tríceps, los músculos dorsales, los trapecios perfectamente delineados — una máquina perfecta, cuidadosamente elaborada para vender: cigarrillos, ropa, carros y artículos de lujo . Un engendro creado por el marketing para vender la ilusión de una vida perfecta.
Vivía una vida imposible y me usaban para crear ilusiones y mantener a billones de personas conectadas a las redes , soñando en conseguir todas estas cosas materiales. La máquina perfecta en la que me habían convertido aquellos consultores de psicología del consumidor, me dieron una vida de yates, helicópteros y zoológicos propios. Una vida de fantasía, una vida completa dirían algunos — desde aquel punto de vista. Lo tenía todo, pero por dentro no tenía nada. Podía sentir que dentro de mí no corría ni el menor rastro de humanidad.
Me sentía solo y abandonado , igual que cuando vivía dentro de esa valla, veinte metros sobre la tierra. Observé, durante ese tiempo fuera de allí, que las personas ya no conversaban ni los niños jugaban. Robots de sangre caliente, con sus caras pegadas a pantallas de todos los tamaños, donde hombres quieren ser mujeres, y las mujeres ya no tienen ganas de ser madres ¿Qué clase de sociedad han creado, en la que su propia especie ya no quiere procrear?
Un día, hastiado de todo, decidí regresar. Pedí un carro y le dije al piloto automático que me llevara al lugar donde pasé casi toda mi vida. Un lugar del que quise salir con tantas ganas, que no sé si me podrá aceptar de vuelta. Llegamos y levanté la vista. La valla estaba ahí mismo, el poste lleno de musgo, las esquinas de la valla rotas y dobladas hacia adentro por la inclemencia del clima. Pero ahí seguía mi hogar.
La lluvia comenzó a caer, suave al principio pero lentamente se convirtió en una pequeña tormenta. La furia del agua era tal que pensé que no iba a poder subir sin matarme. El conductor automático me pidió que me baje o que me quede, pero que no podía seguir detenido en ese lugar.
Así que me bajé y esperé para cruzar nuevamente la monstruosa avenida de dieciséis carriles para subir por el poste viejo y oxidado. Cuando estaba por llegar al último peldaño, me detuve. Me agarré del tubo de acero con la mano izquierda y giré mi cuerpo hacia la derecha, para observar hacia abajo. Las luces amarillas de los postes de luz se mezclaban con las luces blancas de los carros, que rugían allá abajo en la Avenida Nacional. Las gotas de lluvia reflejaban las luces mientras caían, creando un efecto hipnotizante que me mantuvo en trance un largo tiempo.
Entonces, colgado allí arriba a veinte metros sobre el suelo, decidí abrir mi mano izquierda…
…las gotas de lluvia me golpeaban el rostro mientras giraba en el aire, cayendo hacia la monstruosa avenida de dieciséis carriles que rugía allá abajo, como un rio luminoso y turbulento.
ED


