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El wing izquierdo

Updated: Jan 13

Nunca le vi jugar fútbol a mi viejo. Solo he oído cientos de historias acerca de su habilidad con la pierna zurda y que era tan rápido como el viento. Siempre recuerdo que estos extraños personajes, los zurdos, eran buenos para la pelota. Mi papá jugaba como wing ó puntero izquierdo. En algún momento me contó acerca de un gol olímpico que había anotado jugando en el estadio olímpico Atahualpa, ese gigantesco estadio que parecía el mismo coliseo romano ante mis ojos de niño en esa época. Era muy común para mi imaginar esos goles y esas jugadas con una claridad asombrosa, tomando en cuenta que solo eran productos de mi imaginación.


Había jugado profesionalmente en un equipo de fútbol de Quito, el Politécnico, en ese entonces - según el me cuenta - el fútbol profesional era diferente a lo que vemos hoy en día. En esa época aún lo hacían por el amor al deporte y a la camiseta. Me contaba que usaba su hora de almuerzo - en ese tiempo trabajaba como gerente de una empresa de computación - para ir a los entrenamientos. La verdad no recuerdo exactamente si jugaba por la derecha, para meterse diagonalmente contra el arco y disparar de zurda, como lo hace Messi. O quizás jugaba por la izquierda para centrar al área en búsqueda de una cabeza o un pie que rebote el balón hacia el gol. En todo caso, en mis memorias inventadas, cambiaba de banda para jugar en ambas posiciones.




Mi viejo. Obtuvo una beca por excelencia deportiva gracias a su don para el fútbol. La Universidad de North Carolina State fue su alma mater. Ahí se graduó como Ingeniero en Sistemas. En aquella época, la computadora era un monstruoso montón de cables y artefactos con luces que titilaban y ocupaban un cuarto entero. Siempre he respetado mucho esa faceta de mi papá. Esos recuerdos y anécdotas de sus noches largas de estudio para luego madrugar - a veces casi sin dormir - para ir a entrenar con la selección de la universidad, me alumbran el camino cuando a veces se acercan las tinieblas. Resiliencia. Esa palabra dibuja la cara de mi viejo en mi cabeza.


El fútbol siempre ha sido un punto en común con el. A pesar de que yo nunca fui muy bueno para jugar - era bastante torpe de piernas - siempre me gustó el fútbol como un juego de piezas. Me fascina la faceta táctica y estratégica del juego, sobre todo la mente de los directores técnicos, como mueven las fichas sobre un tablero. Y de vez en cuando, el arte de una genialidad del estilo de Maradona, Ronaldo, Messi, que le daba ese toque mágico al juego. El Deportivo Quito era nuestro equipo preferido. Mi papá, mi hermano Diego y yo, hinchas de ese pobre equipo casi desaparecido en la actualidad debido a malas administraciones y egos inflados de sus dirigentes que despilfarraron la poca plata que tenía ese club. Las deudas sepultaron a ese humilde equipo que ahora juega en la categoría de fútbol amateur. Incontables domingos fuimos religiosamente a ver a la academia del fútbol, a gritar, tomar un par de cervezas y de vez en cuando salir felices por una victoria. Eso si, siempre rodeados de los insultos más creativos que he escuchado en mi vida.


La otra faceta que tuve la oportunidad de conocer durante muchos años al lado de mi viejo, fue la de Gustavo Darquea, el motivador. Hace más de veinticinco años, antes de que se ponga de moda la palabra coaching, el ya lo hacía. Yo le ayudaba en los veranos por allá a finales de los años noventa. Usaba una cámara Sony Handycam para grabar sus talleres de capacitación para empresas y luego el utilizaba esas grabaciones para corregir sus presentaciones y mejorar para la siguiente. Eventualmente esos talleres pasaron desde la sala de eventos de un hotel dentro de la ciudad al biodiverso bosque húmedo del noroccidente de Quito. A ese maravilloso trozo del Bosque del Chocó que se extiende desde Panamá hasta Ecuador, llegaban diversos personajes de empresas privadas que buscaban capacitar a sus trabajadores. Los talleres de desarrollaban en un hermoso salón construido con bambú dentro de la hostería El Paraíso. Sin embargo, no eran talleres técnicos, ellos no iban a aprender a usar Excel o a desarrollar sus habilidades para vender. Eran talleres espirituales, como yo los defino, pues justamente eso fueron para mí. Buscaba contagiar el respeto, la empatía, la bondad y el buen humor en todos aquellos pobres diablos que por circunstancias del destino, podían tener dos días para iniciar el poderoso proceso de conocerse a ellos mismos. Dueño de una memoria prodigiosa, recuerdo que mi taita se sabía el nombre de todos los participantes durante la primera media hora del taller. Alguna vez me compartió su secreto de como lo hacía.


"Todos moriremos Truman, nuestro trabajo consiste en aumentar la salud, ¿sabes lo que significa?, significa mejorar la calidad de vida, no sólo retrasar la muerte." Patch Adams

Tú eres la persona más importante de tu vida - Esta frase se repetía en varias dispositivas a lo largo de los talleres. El salón era grande, tranquilamente entraban cuarenta personas, sentadas en un semicírculo. Se respiraba ese aire limpio propio de la selva y un grato clima cálido contrastaba con el frío de Quito, desde donde generalmente provenían los talleristas. Al frente tenían una pantalla blanca que recibía la imagen del proyector. En esa pantalla vimos decenas de veces la película Patch Adams, interpretada por el inolvidable Robin Williams. Patch servía como instrumento para inyectar una dosis de risa y angustia al mismo tiempo. Muchos terminaban llorando después de ciertos módulos cuando salían al receso, otras partes del taller en cambio eran más light, llenas de carcajadas y episodios cómicos. Era una manera genial de liberar una montaña rusa de emociones que ayudaba a que las personas se abran y aprendan a valorarse. Ese era el fin del taller, ayudar a que las personas descubran todo su potencial como seres humanos y eso, a su vez, contribuía a que el equipo en su totalidad sea mejor. Eso es exactamente lo que buscamos hacer en la academia. Lo único que cambia es la herramienta. Aquí usamos el jiu jitsu.


Con mi viejo conocí el ajedrez. Me enseño a jugar cuando tenía quizás nueve o diez años, en un tablero de vidrio, cuyas piezas también eran de vidrio. Las piezas blancas eran transparentes y las negras de vidrio esmerilado. Un juego de paciencia y estrategia, similar al arte del combate. Me hablaba de Capablanca y de Bobby Fischer, el niño prodigio del ajedrez que terminó enloqueciendo. Me hablaba de los libros de aperturas del juego, de partidas de ajedrez espectaculares de décadas pasadas. Yo lo escuchaba, anonadado ¿Cómo podía entrar tanta información en una sola cabeza?


Hasta el día de hoy seguimos jugando, ahora ya le doy más pelea - o por lo menos eso me hace creer.


Gracias por enseñarme a soñar viejo. Sueña y hazlo era el slogan de tu firma de consultoría que impulsaba los talleres de motivación. Esas palabras me calaron hondo y las puse en práctica, me enseñaste a soñar y ese es el mejor legado que puedes dejar a otra persona. Te doy gracias como hijo pero también como amigo y admirador.


Long live the king.



ED

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Carlitos

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