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La Mente Esclava

Caminaba hacia mi. Tenia un cigarrillo en la boca y en su brazo derecho cargaba un pequeño perro de esas razas que — además de impronunciables — me dejan pensando en ¿cómo carajos un depredador de primer orden como el lobo, terminó en eso? En fin, mientras caminaba, el hombre hablaba solo — luego alcancé a ver un artefacto blanco, inalámbrico, insertado uno en cada oreja — lo cual me aclaró el hecho de que iba conversando con alguien por teléfono.


Este episodio me recordó aquellos días en los que para hablar con algún amigo, se tenía que llamar al teléfono de la casa y saludar a los padres cuando contestaban —  “Buenas tardes señora, ¿se encuentra fulano en casa?” Siento que al perder esas pequeñas interacciones, también perdimos algo de nuestra humanidad. Ahora me desespera ver  a jóvenes y adultos por igual, enchufados el día entero a esos malditos audífonos inalámbricos. Por lo menos los cables nos ataban a algo. Hoy, esa supuesta libertad que nos darían los artefactos inalámbricos, se ha convertido en la fuente misma de nuestra esclavitud. Vaya ironía.


Tengo la impresión de que hoy en día, a todos nos “dan pensando”. Los medios de comunicación nos dicen como vestirnos, como pasar el tiempo, a donde viajar, que relojes comprar, a que personas admirar y lo más terrible es que poco a poco están empezando a imponer los valores que deberíamos practicar. ¡Por Dios santo!, hasta la filosofía estoica esta siendo prostituida por un manojo de vagos mantenidos que te venden cursos de estoicismo. Es más, mientras escribo estas líneas, temo que la próxima vez que agarre mi móvil seré acribillado por montones de cursos de pacotilla sobre este tema, a solo $9,99.


¡Púdrete algoritmo!



Yo me considero un educador. Si, pues en esta sociedad todo el mundo quiere saber qué eres, más que quién eres. Y en ese caso, me considero un educador. La gran ventaja es que mis estudiantes acuden felices a clases. Incluso ellos mismos se imponen la disciplina, casi religiosa, de no faltar a la práctica. Imagino lo difícil que debe ser tener que enseñar matemáticas, por ejemplo, a un puñado de niños consentidos que no quieren aprender matemáticas, sino que son obligados a hacerlo. Me saco el sombrero ante esos valientes profesores.

Sin embargo, este tren de pensamiento me lleva a la conclusión de que, efectivamente, todos somos educadores. Si son padres o madres, con más razón todavía. No esta bien tercerizar por completo la educación de sus hijos. Edúquenlos para que sean personas íntegras, personas de bien, personas que tengan el carácter para mantener un camino recto, aunque la vida los trate de torcer. Lo que trato de decir es que: debemos pelear con alma y vida en contra de esta marea que poco a poco se va transformando en un tsunami. Un tsunami lleno de degeneración disfrazada de progresismo y debilidad disfrazada de justicia social. Hace poco vi que un libro escolar de algún estado progresista de EEUU, explicaba el sexo anal con dibujos. Si. Sexo anal en un texto escolar. ¡Un texto que será leído por niños y niñas de ocho o nueve años! Estamos todos locos.


Me genera una angustia tremenda pensar en el camino por el que vamos. Trato— aunque a veces siento que necesito de una fuerza sobrenatural para hacerlo—de que esa angustia no se transforme solamente en palabras vagas que se suben a la red y se quedan flotando por el resto de la eternidad en ese vasto universo informático. Es por eso que, a través del Jiu Jitsu, educo seres humanos. A través del Jiu Jitsu, trato de rescatar algo de la humanidad que hemos perdido. Vivimos inmersos en una competencia tóxica que se ha metastatizado a la mayor parte de nuestra sociedad. Si debes pisarle y hundirle la cabeza a tu hermano por un trozo más grande de pastel, hazlo, es tu derecho divino: esta es la regla actual.


En la academia, en cambio, la regla es simple: si tus compañeros no mejoran, tu tampoco lo harás. En este sentido, se genera un ciclo positivo de crecimiento, motivación e inspiración individual y grupal que pocas veces he visto, y los resultados son asombrosos. En estas colchonetas, nuestra mente se libera de esas ataduras que la esclavizan, aunque sea por un breve momento. Nuevamente — como tantas veces en el pasado — solo me queda recomendarles que se den el tiempo y vayan a probar una clase. Si es con nosotros, en buena hora, o si viven lejos, ojalá encuentren una academia de Jiu Jitsu cerca de su hogar y vayan a hacer la prueba.


Me agradecen después.


ED

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