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La Reina

Detalles.


Si tuviera que usar una palabra para describir a mi abuela Inés, sería esa. La mesa impecable, el vino descorchado y el jugo en la mesa de madera lateral. Todos sentados y acomodados en el comedor y cuando no había espacio, nos enviaban a los mas jóvenes a comer en una mesa de metal, la misma que usaban para los juegos de cartas. Yo, siendo el último nieto, no tenia mucha alternativa, era el primero en la lista para ir a la mesa pequeña.


Mi abuela tenía una habilidad única para cocinar y sobre todo, dirigir dentro de la cocina. Así como un general supervisa a sus tropas antes de salir a la batalla, se aseguraba que la comida este lista y que todo salga a la perfección. Mi abuela tenía esa capacidad para hacer que todos nos sintamos importantes y queridos mientras estábamos allí. Sin importar si éramos familia, amigos o invitados. Ahora, muchos años después de su partida, sigo recordando y aprendiendo estas lecciones de liderazgo.



La mayoría de fines de semana durante mis últimos años en el colegio, acompañaba a mis abuelos a la finca. Hace veinte años la vida era distinta y Quito era otra ciudad, si la comparamos con la metrópoli actual. El trafico era soportable y, lo admito, a veces abusaba de la bondad de mis abuelos para que me dejen conducir su Toyota verde, a pesar de que aún no tenía mi licencia. A veces, me dejaban hacerlo desde el pueblo hasta la casa. Otras veces, en cambio, una sola mirada de esos ojos azules de mi abuelo bastaban para no pedir nuevamente.


Recuerdo las partidas de telefunken con mi abuela, después de tomar el café de la tarde. Luego, al caer la noche si no había leña en la casa, me iba corriendo al cuarto junto a la pesebrera para traerla y prender la fogata. Mi abuela le pedía a Nancy - la persona que cuidaba la finca en aquella época- que la prenda. Sin embargo, yo le rogaba que me encargue la tarea a mí. A pesar de hacer un verdadero desastre y quedar con la cara negra a causa del carbón y apestando a humo, siempre me daba el gusto. Hay algo en el fuego que nos deja mesmerizados. Podíamos pasar horas viendo como el poderoso elemento arrasaba con los troncos, hasta que lentamente la llama iba mermando y solo quedaban unos trozos de carbón. Aquella era la señal de ir a dormir. Las mañanas frías se caracterizaban por un paseo alrededor del perímetro de la finca, acompañándole a mi abuelo Rodrigo y luego, un paseo por el jardín alrededor de la casa con mi abuela, a recoger naranjos, limones, tomates de árbol y guabas, cuando la época lo permitía.


“Los débiles no luchan. Los más fuertes quizás luchen una hora. Los que aún son más fuertes, luchan unos años. Pero los más fuertes de todos luchan toda su vida, y éstos son los indispensables.” Bertolt Brecht

Mi abuela. Hasta el día de hoy recuerdo su perfume y un chal color beige que - quizás solo en mi memoria - era parte esencial de su atuendo diario. Mujer elegante, alta y con una templanza pocas veces vista. Todos los días se aseguraba de que mi abuelo Rodrigo esté impecable. En esa época no lo entendía aún, pero ahora sé que la elegancia no tiene que ver solo con la manera en la que te vistes, es una actitud, una forma de ver la vida. He aprendido con el tiempo, que nuestra fuerza es directamente proporcional a la de los apoyos que nos sostienen y por eso, creo que mis abuelos se complementaban de forma casi perfecta. Digo casi perfecta, porque muchas veces aquello que juzgamos como perfecto suele ser artificial y lo que mis abuelos habían formado, su hogar, su familia y sus principios, era real.


He sido testigo de actitudes estoicas a lo largo de mi vida. Una de ellas, quizá la que más me ha marcado, fue la actitud de mi abuela Inés al final de sus días. Se mantuvo firme como un roble hasta que simplemente ya no pudo más ante el cáncer. Ese ejemplo me quedará marcado para el resto de mis días, pues en ese momento aprendí que lo importante en esta vida no es lo que te sucede, si no como reaccionas ante ello. A pesar de que han pasado muchos años, aún se me humedecen los ojos ante su ausencia, pero no de pena, si no de la inmensa gratitud de haberme escogido como su nieto.


Hasta pronto Inesita, nos vemos en las estrellas.


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Carlitos

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