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Les Moralistes*

Les voy a contar una historia acerca de una tribu enorme. Gigantesca. Imposible de determinar sus limites. No sabemos donde empieza, ni donde termina. Algunos miembros de esta tribu han evolucionado más que otros. Unos construyen rascacielos y fabrican trenes que viajan a cientos de kilómetros por hora, mientras que otros tienen relaciones sexuales en pleno carnaval, sobre el capó de un Chevrolet Aveo que buscaba transitar por el infierno en el que se había convertido aquel malecón — me refiero a una de varias escenas del nefasto feriado de carnaval en Ecuador. Además, durante este acto digno de Gomorra, fueron grabados y luego aquel video fue compartido en una red digital que conecta a billones de miembros de la tribu, una red llamada internet.


Una tribu misteriosa, sin duda.




Moralistas. Falsos moralistas en realidad. Estos eran los peores miembros de la tribu. Aquellos personajes grotescos que señalan al prójimo con un dedo, sin darse cuenta que tres dedos los apuntan a ellos. Hagan la prueba. Señalen el primer objeto que vean frente a ustedes y caerán en cuenta de que mientras su dedo índice apunta al microondas, el anular, el meñique y el dedo medio, apuntan hacia ustedes. La misma tribu que ha compuesto conciertos para violin capaces de erizar los pelos de la nuca por su armoniosa belleza, es la misma que suelta bombas sobre civilizaciones enteras. Más adelante aparecen fotografías de los niños, mujeres, ancianos, abogados, doctores, completamente destrozados y sus restos mutilados derramados por los escombros producto de las explosiones. No falta aquel comedido fotógrafo amateur que toma fotos artísticas del niño de cinco años aplastado por el muro de su guardería. Esa foto circula por esa red que les contaba, el internet, y algún periódico digital sagaz comprará esa foto para generar contenido y justificar su existencia. Repito. Somos una tribu extraña.


El experimento básicamente puso sobre la mesa la idea de que nuestra civilidad camina sobre un fino hilo y una bestia salvaje espera pacientemente que ese hilo se rompa.

Miembros de la tribu, los de arriba — por supuesto — , han encontrado la manera de engañar y dirigir al resto. Una de las maneras en que lo hacen se vio expuesta en un experimento realizado en 1971 por un psicólogo de la Universidad de Stanford. El experimento consistió en dividir a un grupo de voluntarios en dos: el primer grupo serían los prisioneros de una cárcel imaginaria, mientras el otro grupo de voluntarios serían los guardias. El experimento rápidamente se salió de control, tanto así que fue cancelado después de seis días — debía durar catorce. La conclusion del experimento básicamente sacó a recluir la facilidad con la que los miembros de la tribu se convierten en seres despiadados — casi monstruos — cuando tienen barra libre para mostrarse como son y mas aún si cuentan con algún apoyo institucional, con referencia a la brutalidad con la que eran tratados los prisioneros en manos de los guardias. El experimento básicamente puso sobre la mesa la idea de que nuestra civilidad camina sobre un fino hilo y una bestia salvaje espera pacientemente que ese hilo se rompa.


La moral llega hasta cuando el resto no pueda vernos. ¿Quiénes somos cuando llegamos tarde a casa, luego de una larga jornada laboral? ¿En que clase de monstruo se convierten ustedes, nos convertimos? Esa es la pregunta que deben hacerse las personas que desde su comodidad gritan al cielo por la barbaridad en que se ha convertido nuestra sociedad, después de todo, ellos también forman parte de ella.


Ciertos días — como hoy — me despierto con un ligero aire de esperanza por el futuro del ser humano. Los rayos del sol entran por la ventana en esta tarde de verano y contribuyen a los pensamientos de optimismo por lo que vendrá. Otros días no. Pero ya hablaremos de eso en otro momento. Ahora, creo firmemente que — a pesar de todo — saldremos adelante.


Veamos mañana.


ED


*Vale la pena aclarar que el título viene a ser una traducción al francés de Los Moralistas. En ningún momento pienso cometer la barbaridad de destruir nuestro lenguaje con esta corriente progresista de hacer todo inclusivo. Fundamentalmente creo que todos los seres humanos merecemos ser tratados con respeto, sin embargo, no podemos modificar algo tan esencial como el lenguaje, para acomodar los caprichos de algunos, pues es en este peligroso terreno donde han empezado las peores crisis de la humanidad.

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