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Made in Taiwan

Parecía que me miraba directo a los ojos. La pequeña lámpara blanca tenía una forma redonda y un cuello largo que conectaba la lámpara con el cuerpo, donde hay un pequeño botón con el clásico símbolo de on/off.

 

El diseño de la lámpara es curioso, parece una dona con un orificio en el medio. Cuando se cierra para ser guardada, aquel orificio encaja perfectamente sobre el botón de prendido, dándole un aspecto elegante a la pequeña lámpara blanca. 


La compré a través de un contacto al cual curiosamente tenía registrado en la libreta de contactos como: Lámpara. La privacidad se ha ido perdiendo paulatinamente, a tal punto que todos los días me tengo que tragar las historias de un tal: Juan Plomero, al que alguna vez llamé para que me arregle una tubería del baño o Maritza Seguros Salud, que sube promociones diariamente recordando a todos que tarde o temprano tendrá un accidente. En este sentido, en una de las miles de historias de aquel personaje llamado Lámpara, vi el objeto en cuestión.

 

Una pequeña lámpara blanca por solo $4,99.



La compré en un inicio para Pedrito, quién necesitaba una lámpara para hacer las tareas de la escuela. Con el pasar de los años, sin embargo, esa pequeña lamparita blanca se fue moviendo de habitación en habitación hasta finalmente llegar a su lugar actual: mi escritorio de trabajo en mi dormitorio.

 

Así que ahí esta, viéndome, con su orificio que parece un ojo y el cuello largo que la asemeja a una serpiente. Afortunadamente no tiene el aspecto amenazante de las víboras ni ese ojo reptiliano que aterrorizó a mi generación en Jurassic Park.


La alzo después de observarla durante un tiempo. La doy vuelta y veo una etiqueta negra con pequeñas letras blancas. En ella se describen las características del producto, así como un párrafo de advertencias en tres idiomas: francés, español e inglés. Al final de todo, aparecen unas letras blancas un poco más grandes que las anteriores que dicen:


Made in Taiwán.


De manera extraña, me inspiró ternura este pedazo de plástico. Me di cuenta de que, durante unos instantes, humanicé a una pequeña lamparita blanca, incluso creyendo que podía sentir que yo la estaba tomando en cuenta. Pensé por un segundo que la lamparita sentía emociones positivas de que una persona, un ser humano de carne y hueso, estaba dedicando su valioso tiempo para escribir sobre ella. Después de años de descuido y negligencia, alguien finalmente la ha tomado en cuenta.


Humanizar las cosas. ¿Quién en su sano juicio haría semejante cosa? Pues, me declaro culpable.

 

Hace muchos años tenía una bicicleta negra, marca GT, a la que llamaba Marujita — en honor a la mamá de mi papá. Y también tengo el extraño hábito de acariciar el carro — como si fuera un caballo — cuando termina de subir las montañas en el peregrinaje que todo ecuatoriano de la sierra debe completar para ir a la playa— Paola puede dar fe de eso, de que acaricio el panel del carro. Y ahora, la bendita lamparita blanca que parece triste, con la cabeza baja y la luz apagada. La pequeña lamparita blanca que viajó desde Taiwán. 


Pienso en las últimas manos taiwanesas que ensamblaron esa lamparita hace quien sabe cuantos años. Pienso en esa rara conexión que hay entre nosotros y las cosas. A la final, aquellas cosas también han tenido sus propias relaciones con otras personas, con otras manos.


A lo mejor también tienen algo de memoria, solo que diferente a la nuestra.


A lo mejor, también tienen historias que contar.


ED


 
 
 

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* Las opiniones expresadas en este Blog son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de COHAB Ecuador.

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