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P R I V I L E G I O

He participado en cenas donde me encontré con una docena de cubiertos - la mayoría de los cuales nunca había visto en mi vida- y según los entendidos en el tema, tienen un orden específico para ser usados. Para ser sincero, creo que una cuchara basta y sobra para una buena comida, y así ha sido en ciertas ocasiones. He tenido el privilegio de comer sentado en el piso con tribus indígenas de nuestra Amazonía ecuatoriana, utilizando las manos y una hoja de banano como plato y también he sido testigo de bufets espectaculares, llenos de los más exquisitos manjares, donde todos los invitados están vestidos de pingüinos con sus trajes formales, pero con la misma hambre que los de abajo.


He tenido el privilegio de estudiar en un buen colegio y viajar a estudiar en otro país, experiencias que me han ayudado a abrir muchas puertas pero sobre todo, a mantener una mente abierta. Aprendí que la mayor causa de pobreza en una nación es la corrupción, y por eso mismo, la detesto. Aprendí que viajar es un privilegio que te permite conocer otras culturas y maneras distintas de ver la vida, lo cual te ayuda a ser más humano. Yo mismo me he obligado a pasar hambre y he sufrido la angustia de fin de mes con números en rojo. Aprendí que el sufrimiento te forma el carácter, así que si alguien esta en una situación difícil en su vida, solo le puedo decir que aguante como guerrero, pues las cosas siempre mejoran.


El sufrimiento te forma el carácter.

He tenido el privilegio de conocer gente mala: tramposa, corrupta y narcisista, y ha sido un privilegio, pues me enseñaron a trabajar duro para nunca ser como ellos. Pero al mismo tiempo, he tenido el privilegio de comprender que las personas que menos tienen, son las más generosas. Recuerdo una vez cuando fuimos a visitar a la hermana mayor de nuestra Mami Andre - aquella mujer hermosa y abnegada que nos crio a mis hermanos y a mí. Fuimos a visitarla en Cayambe, esa fría ciudad de la sierra ecuatoriana que lleva el mismo nombre del nevado que está a sus pies. La Trini, como le decían, era una mujer indígena que trabajaba cargando leña en su espalda, hasta sus ochenta años, y a pesar de ello nunca mezquinaba una sonrisa. La fuimos a visitar un día y ni bien llegamos a su casa, salió corriendo a la tienda de la esquina, solo para regresar con una funda de pan para compartir con nosotros. Lecciones de vida que no vienen incluidas en la educación tradicional.


Pero el privilegio más grande de todos, ha sido conocer el jiu jitsu. Y fue justamente ahí en el tatami donde aprendí que ningún privilegio nos separa como seres humanos. He compartido sudor y sangre con albañiles, taxistas, abogados, gerentes generales, conserjes, barberos, científicos, odontólogos, contadores y tantas otras personas que hacen lo que deben para ganarse la vida. Pero en el momento que nos ponemos el kimono: somos todos iguales. He visto millonarios ser aplastados por choferes y he visto madres de familia doblar en cuatro partes a hombres el doble de su tamaño. Y siempre después de cada lucha, el choque de puños respectivo, clásico del jiu jitsu y que se ha convertido en un símbolo universal de respeto. Podemos tratar de rompernos los brazos y estrangularnos, pero se acaba la lucha y nos damos un abrazo fraterno.


Es un privilegio sentir ese calor humano en estas épocas donde prevalecen los likes sobre los abrazos y los videochats sobre una conversación frente a frente compartiendo un café. Ir a la academia y estar una hora y media luchando cuerpo a cuerpo contra toda esa marea humana, llena de los mas diversos personajes, se convierte en una catarsis para liberar las presiones de la vida moderna. - ¿Para qué ir a un psiquiatra si tienes el jiu jitsu? - les digo en tono de broma (pero también con algo de seriedad y verdad) a mis alumnos.


Si estas leyendo esto, tienes el privilegio de estar vivo. Eso, queridos amigos, ya basta y sobra. Salgan y hagan de este mundo un lugar mejor.


ED





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Carlitos

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