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La Sonrisa Eterna

Updated: Jun 7

Rodrigo Cabezas Naranjo, mi abuelo. Creo que no puedo ni siquiera imaginar el tamaño del homenaje que se merece éste personaje. "¡Que loco, mijo!" hubiera dicho, con su sonrisa eterna y aquellos ojos azules que irradiaban experiencia y bondad a raudales. Hombre pequeño de estatura, pero gigante de corazón e intelecto.

Calypso’s Island, Departure of Ulysses, or Farewell to Calypso by Samuel Palmer, 1848-49, via The Whitworth, University of Manchester

Los recuerdos más vívidos que tengo de mi abuelo Rodrigo son las tardes después del colegio, cuando cruzaba al departamento 501 del Edificio Batan Chico a saludarles a él y a mi abuela Inés, otro ser humano excepcional. Pocas veces recuerdo haber entrado a su casa y no escuchar algún soneto de Vivaldi o un concierto de violines de Mozart sonando en el equipo de sonido; de ahí mi fascinación por esos clásicos hasta el día de hoy. Entraba y lo veía ahí sentado, pensando, meditando, con la mano en el mentón. Era de pocas palabras mi abuelo, prefería escuchar antes que hablar, y quizás tenía razón, por eso tenemos dos orejas y solo una boca.


Otras veces lo encontraba ojeando la enciclopedia Salvat, sentado en la esquina del sillón de la sala de estar. Recuerdo con nostalgia el olor de esas páginas y lo divertido que era ayudarle (o intentar por lo menos) a encontrar lo que fuere que estaba buscando ese día. La sed de conocimiento que tenía era envidiable, cualquier palabra, cosa o lugar que le generaba cierta duda inmediatamente recurría a las enciclopedias ¡Cuánto hubiera gozado con el Internet!


"Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia, nos recuerdan que el hombre solo cabe en la utopía.

Solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido." Éstas palabras del grandísimo Ernesto Sábato me hacen acuerdo del optimismo y el amor a la vida que siempre tuvo el abuelo. Su amor y ternura por las plantas y los animales era sobrecogedor y fui dichoso de haber estado junto a él en mis años formativos de la adolescencia.


Curiosamente mi carrera universitaria la realicé en Chile, hermano país donde también mi abuelo se tituló como Ingeniero Comercial en la Escuela de Economía de la Universidad de Chile allá en la década de 1930. En uno de los capítulos de su libro "Dulce Sabor: la vida" habla sobre su época universitaria: "Añoro a mis compañeros de escuela, del colegio y de la universidad. La Escuela de Comercio y Economía de la Universidad de Chile, en la que estudié, fue fundada en 1935 por don Pedro Aguirre Cerda. Mi curso comenzó en 1937 y tenía el 15 por ciento de estudiantes extranjeros. La escuela era chiquita, con pocos alumnos. Todavía no se había resuelto el nombre del título que nos iban a conceder. Los extranjeros fuimos a hablar con Don Pedro y la mayoría quería llamarse doctor. Don Pedro sonrió. A la final se decidió por el de Ingeniero Comercial."


No recuerdo sinceramente si el Jiu Jitsu le hizo mucha gracia a mi abuelo. A mi me gusta creer que sí. Qué lindo hubiera sido compartir más tiempo con él, hablando de la historia marcial y de cómo la evolución del arte de la guerra cambió el destino de la humanidad. Recordar a Platón, Sócrates y toda esa generación de filósofos que practicaban la lucha grecorromana, al mismo tiempo que sembraban las bases de la historia intelectual de Occidente. Decían que si eras capaz de soportar la intensidad física y mental de la lucha, podrías soportar lo que sea. El emperador estoico Marco Aurelio escribió: "El arte de vivir es más parecido al de la lucha que al de la danza."


Mi abuelo Rodrigo fue un hombre de paz, y por esa misma razón creo que la filosofía del Jiu Jitsu le hubiese atraído. El fin del jiu jitsu es neutralizar a un atacante sin hacerle daño, sin golpes y sin armas. Es un símil a un juego de ajedrez con el cuerpo, cuyo objetivo es el jaque mate. El triunfo de la inteligencia humana sobre la fuerza bruta le llaman algunos, creo que a mi abuelo le hubiera gustado esa definición.


Aún tengo la esperanza de volverlo a ver, no se cuándo ni dónde, pero estoy seguro de que tendremos mucho de que conversar, allá lejos, donde nadie nos vea, escuchando las cuatro estaciones de Vivaldi que tanto le gustaban.


Nos vemos al otro lado, abuelo.


ED


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Carlitos

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