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Último Round

1 de Julio 2017, 19:00 hrs

Coliseo de la Universidad Católica, Cuenca - Ecuador.


Estaba en el camerino, moviendo el cuerpo, ensayando golpes y movimiento de pies, escuchando las canciones del playlist que armé la noche anterior. Había pedido a mis amigos que me recomienden buena música para esa espera fatídica en los obscuros y fríos camerinos antes de que nos llamen uno por uno para entrar a la jaula. Esperaba una llamada de mi hermano Gustavo que venía desde Guayaquil exclusivamente para verme pelear. No estaba nervioso, ya se me habían pasado todos esos nervios algunas semanas atrás. Mateo, mi entrenador de muay thai - boxeo tailandés que permite usar codos, rodillas y piernas además de los puños- me había confesado que no podía estar en mi esquina en la noche de la pelea, tenía un compromiso ese mismo fin de semana y tenía que viajar fuera de la ciudad. Tuve que hacerme a la idea que la persona más influyente en mi campamento de entrenamiento los últimos meses iba a estar ausente. Los nervios y la ansiedad llegaron a su pico mucho antes del día de la pelea.


1 de Julio 2017, 08:15am

Edificio Santa Lucia, Primer Piso, Cuenca- Ecuador


La noche anterior ya me había encargado de dejar la mochila lista para el día de la pelea y así tener una preocupación menos. Ese ritual lo tengo desde que empecé a competir seguido en competencias de jiu jitsu. Siempre dejaba el kimono, la comida, la bebida isotónica y un par de botellas de agua listas antes de ir a dormir. Esos rituales, muy personales de cada individuo, de cierto modo ayudan a sobrellevar esa ansiedad que genera la espera previa antes de entrar a pelear contra otro ser humano, con razón lo hacían aquellos guerreros vikingos y espartanos en su tiempo. Me desperté y fui a preparar el desayuno. Tenía que dictar un taller de defensa personal para mujeres ese mismo día a las once de la mañana. Estaban dos amigos muy queridos de la época del colegio que habían viajado desde Quito por tierra para ver el evento. Recuerdo que a la hora de almuerzo fuimos a comer pizza con algunos amigos y mi alumno Miguel Ángel, gran peleador y una de mis esquinas esa noche durante la pelea. También nos acompañó otro alumno, capitán de policía y aficionado a las artes marciales. El día anterior había llegado al peso pactado, setenta y siete kilogramos, motivo por la cual comí la pizza con mucho gusto y sin nada de culpa - esa misma noche durante la pelea me di cuenta que mi oponente seguramente me ganaba con mínimo diez libras de diferencia, así que bien podía haber comido dos o tres pedazos de pizza más -.


30 de Junio de 2017, 17:45hrs

Auditorio del Centro de Alto Rendimiento Deportivo, Cuenca - Ecuador


El día del pesaje es igual o más importante que la pelea en sí. Muchos peleadores sufren psicológicamente y a veces llegan a tener graves problemas a futuro por cortes de peso extremos. Tomando en cuenta mi contextura corporal, soy alto y delgado, me cuesta subir de peso, pero bajarlo es una tarea bastante simple - ayuno intermitente y entrenamiento focalizado de combate - con eso ya puedo llegar al peso deseado sin perder músculo.


Todo ese show previo del pesaje y el evento del día siguiente es una experiencia bastante divertida. Nunca he sido muy amigo de las luces, las cámaras y la atención, prefiero caminar por la sombra, haciendo lo mío. No obstante, parte de entrar al mundo de las peleas es aceptar tácitamente que vas a tener que hacer entrevistas y spots publicitarios para invitar a los aficionados a ver el evento. Gladiadores apareciendo en redes sociales llamando a los plebeyos al coliseo a ver sangre. Algunos se metían en el personaje y se vestían de acuerdo a la ocasión, uno que otro empujón durante el pesaje y provocaciones verbales cuando tenían el micrófono durante la rueda de prensa. No paso a mayores en ninguno de los casos. Por mi lado - ese día había amanecido con amigdalitis y fiebre, nunca se lo he contado a nadie- me abrigué bien y fui hasta el complejo de Totoracocha para cumplir con el deber del pesaje oficial. Setenta y siete kilos y treinta gramos, fue el peso en la balanza. Nos paramos frente a frente a mi oponente y chocamos los puños, sonreímos para la foto y salimos del escenario.


Quería llegar temprano a la casa para arreglar todo para el día siguiente y dormir temprano, tal vez un té verde con miel o algo para poder llegar bien a la pelea. Mis dos amigos de la infancia, Jorge y Pedro, estaban alojando en mi departamento, por lo que no me fui a dormir tan temprano como quería, pero fueron momentos de muchas risas y recuerdos de anécdotas olvidadas que ayudaron a limar esas asperezas que causa la ansiedad pre pelea.


1 de Julio 2017, 22:07 hrs

Coliseo de la Universidad Católica, Cuenca - Ecuador.

Mi hermano había llegado a Cuenca y estaba en camino al coliseo. Ya no tenía ninguna otra preocupación en mi cabeza más que vendarme las manos y prepararme para entrar a la jaula por segunda vez en mi vida. Las peleas ya habían empezado y todos los peleadores de la esquina roja compartíamos el camerino sur del coliseo de la universidad. Se forma una camaradería especial ahí adentro, por lo menos esas horas previas a entrar a pelear, en la que todos compartimos la ansiedad y los nervios. Nos alentamos y damos palmadas en la espalda, empujándonos hacía la victoria, o en el peor de los casos, para salir sin lesiones graves. Un cierto aire de superstición rondan los camerinos sobre todo momentos antes de la primera pelea. La esquina que gane la primera pelea, llena de optimismo al resto de peleadores y cuando regresa al camerino con esa sonrisa victoriosa nos contagia al resto y se siente una energía que se conecta entre todos, dura pocos segundos pero es una experiencia muy agradable. No siempre ganan todas las peleas los de esa esquina, eso es bastante improbable, pero esas pequeñas supersticiones propias del ser humano a veces nos ayuda a mantener algo de esperanza, por ridículo que suene.


Uno de los coordinadores del evento entró al camerino - Darquea , te toca la siguiente - me enseñó donde debía pararme y esperar hasta que suene la canción que había elegido para esa larga y solitaria caminata hacia el octágono. Empezó a sonar la canción Na Missao del grupo Ao Cubo - este grupo de hip hop brasilero siempre ha estado presente en los entrenamientos y uno de sus integrantes, Kleber, es cinturón negro de jiu jitsu en la Cohab de São Paulo, así que era un homenaje especial a los orígenes de mi equipo.


Salí hacia el octágono con mi kimono de jiu jitsu, como tributo al arte marcial que me cambió la vida. Recuerdo que el coliseo estaba repleto de gente y ver a mi hermano Gustavo, a mis alumnos y amigos que se habían colocado en un lugar especifico para poder escucharlos. Mientras bajaba las gradas escuchaba los gritos - Cohab! Cohab! Cohab! - y un escalofrío recorrió mi cuerpo, recordé a mis profesores, Andrés y Mestre Dan, a mi familia y a todo mi equipo. Terminé de bajar las gradas y ahí me recibió mi hermano, me miró a los ojos y me chocó el puño, deseándome suerte. Luego saludé con José y Miguel Ángel mis esquinas y alumnos, me dieron un par de consejos al oído y me ayudaron a retirarme el kimono. El oficial encargado de revisar a los peleadores antes de subir al octágono me untó la vaselina en los pómulos y cejas, revisó mis guantes y se aseguró que tuviera el protector inguinal. Mi oponente había salido primero y ya estaba ahí arriba de la jaula. - Adelante - me señaló el oficial y subí esos tres peldaños que te llevan hacia la lona blanca, iluminada por unas potentes luces que colgaban de una enorme estructura de aluminio que se erguía sobre el octágono.


Desde ese momento hasta que se terminó la pelea, solo tengo recuerdos fugaces que se avivan cada vez que veo la pelea nuevamente en video. Perdí por un nocaut técnico debido a varias patadas en la rodilla. Esa rodilla izquierda tenía varias lesiones y había atravesado una operación, no aguantó el poder de esos latigazos y evitó que me ponga de pie nuevamente, por lo que el juez central detuvo la pelea a los cuatro minutos y cincuenta segundos del tercer round. Diez segundos más y la pelea hubiese ido a la decisión de los jueces.


El siguiente recuerdo vivo que tengo en mi memoria es caminar apoyado sobre los hombros de José y Miguel Ángel de regreso hasta el camerino. Esos lowkicks directos a la rodilla lesionada me habían dejado tirado en el piso sin poder pararme nuevamente. Ellos me sirvieron de muletas hasta llegar al camerino. Ahí estaba en el camerino, con mi ojo hinchado, la rodilla casi rota y mi hermano Gustavo. Compartimos largos minutos de silencio mientras me ayudaba a quitarme los guantes y las vendas llenas de esparadrapo que solo salía con la ayuda de una tijera. La mirada perdida y fija en la pared blanca de los camerinos, eso sí, con la frente en alto por que hice un buen trabajo ante un peleador fuerte y muy peligroso. Lo bueno de las derrotas es que te sirven para analizar debilidades de tu juego y te dan la pauta para volver mejor la próxima vez. Ese aprendizaje me dio la victoria casi un año después en mi tercera pelea profesional de MMA.


Quizás perdí esta pelea, pero aprendí mucho. Entrar a pelear preparado física y mentalmente es difícil. Ahora imagínate entrar a pelear cuando estas pasando por una época difícil de tu vida y con una profunda depresión. Quizás lo mejor hubiese sido no aceptar la pelea, esperar otra oportunidad cuando las circunstancias sean más aptas para tomar ese desafío. Pero ahora me doy cuenta que cualquiera puede hacer cosas difíciles en un día bueno, lo importante es aprender a aceptar esos desafíos en tus peores días, ahí es cuando realmente pones a prueba tu carácter. Caminar en un día soleado es fácil, pero la pregunta más importante es ¿Cómo te vas a comportar durante la tormenta? Esas eran mis circunstancias en ese momento y por eso algunos días doy gracias especialmente por haber perdido esa pelea, por que gané algo mucho mas valioso - gané la experiencia de realmente poder conocerme un poco mas a mi mismo.


ED


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Carlitos

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