Volver
- Esteban Darquea Cabezas
- Aug 3
- 5 min read

Juan
…10:43 am marcaba el reloj cuando dejó de respirar y la línea verde quedó horizontal para siempre sobre la pantalla negra. Yo había vuelto dada la urgencia. El cuadro se complicó en poco tiempo, sin darnos tiempo para mayores despedidas.
El viaje fue largo, con muchas escalas en dos ciudades diferentes. La última conexión la perdí por causa de un simulacro de bomba. Al llegar a la puerta de embarque, ya era muy tarde. Cinco horas después, conseguí el último vuelo pagando una multa absurda.
Ni modo. Ya estoy aquí…
Mirna
Ella tenía la ciudadanía gracias a que su abuelo era americano. Juan la conoció en uno de los festivales latinos que organizaba la municipalidad con el fin de integrar a la comunidad hispanohablante. Era madre soltera, su hijo quedó atrás en su país para cuidar de su abuela. Mirna limpiaba casas y, de vez en cuando, la contrataban para cocinar en eventos de la empresa de catering de un ex policía brasilero, quien emigró hace varios años por un problema legal. En fin, Mirna hacía lo que tenía que hacer cada mes, hasta que llegaba el siguiente y luego el siguiente y el siguiente, para enviar lo necesario a su familia, allá lejos, entre selvas y montañas.
Joven, guapa, inteligente, pero la vida le repartió unas cartas bastante malas. Su vida se derrumbó un día, cuando recibió una llamada de un número desconocido cuyo prefijo era de su país. Una gota fría de sudor le recorrió la mejilla al contestar.
— Aló — dijo, segundos antes de que se le destruya la vida.
Ese día Mirna se enteró, a través del abogado de la fiscalía, que su hijo fue detenido por estar involucrado en un negocio de distribución de drogas. Agentes encubiertos encontraron el centro de distribución en la casa de su abuela, donde recibía a los clientes.
—Quince años de prisión. Sin fianza. Con buen comportamiento quizás pueda salir en siete — fueron las últimas palabras del abogado.
Mirna gritó, pataleó, lloró, maldijo y estuvo a punto de lanzarse de un puente. Sin embargo, al calmarse los ánimos y despejarse el humo característico de las noticias terribles, hizo lo que todos los seres humanos debemos hacer eventualmente: seguir adelante.
Y eso hizo. Siguió rompiéndose el lomo trabajando para enviar lo que sobra a fin de mes a casa. A los gastos regulares se sumaron los honorarios de cientos de llamadas y reuniones virtuales con abogados. Unos deshonestos, otros peores, pero todos tratando de ordeñar la leche de la desesperación.
Y así pasaron los días, las semanas, los meses y los años. Hasta el día que conoció a Juan.
Juan
Nos casamos para poder legalizar mi contrato de trabajo. En ese entonces laburaba como jardinero. Aunque debo admitir, no cualquier jardinero, el mejor puto jardinero que ha parido el mundo. Empecé a trabajar para todos esos altos ejecutivos cuyas mansiones tenían jardines enormes, llenos de plantas exóticas, cascadas y ríos que daban la vuelta al perímetro de las propiedades.
— Call Juan, his work is superb— se recomendaban entre ellos.
Así me convertí en el jardinero de confianza de esos dioses del Olimpo, billonarios que manejaban más del ochenta por ciento del negocio de la construcción del estado. Con el pasar de los años formalicé el negocio. Así fue como constituí: Call Juan: Landscapes & Gardens.
Mi pequeño emprendimiento se convirtió en empresa.
Mirna
El sueño de Juan era tener un edificio. Eso le repetía constantemente a Mirna. Un edificio en su país, para retirarse y vivir en una playa lejana, con la renta de los departamentos. Mirna trabajó incansablemente en Call Juan Landscapes & Gardens.
En ese momento, la empresa tenía más de cien empleados y habían enviado dinero suficiente para iniciar la construcción del edificio. Se reunían de manera remota con arquitectos e ingenieros. Un amigo abogado les ayudó con los trámites del municipio y un primo lejano de Juan gestionó el tema de los permisos de bomberos y de la empresa de agua potable. A medida que crecía el sueño, sin embargo, nació la imperiosa necesidad de que uno de ellos regrese a empoderarse del proyecto. El ojo del amo engorda al caballo, suelen decir. Y así fue como Mirna regresó a encargarse de su gran elefante blanco.
Los permisos fueron aprobados y, en el plazo estipulado, el edificio se levantó. El hijo de Mirna llevaba seis años en prisión y en seis meses tendría una última audiencia para determinar si salía o debía cumplir uno o dos años más de condena.
Juan
El año que decidí vender la empresa de jardinería, para regresar definitivamente al país, empezó el declive total y general. El desastre se regó como una sepsis incontrolable que se toma todo el cuerpo en un par de días.
Todo empezó cuando el municipio decidió instalar la cárcel de máxima seguridad a unas pocas cuadras de nuestro edificio. Al cabo de unas semanas de la noticia, la plusvalía del sector se fue al carajo. Los inquilinos se fueron en su gran mayoría, quedando solo un par de estudiantes y una anciana que recibía una pensión mínima para poder subsistir. El resto de departamentos quedaron vacíos, causando un gran golpe para nuestra renta mensual. El dinero de la venta de la empresa se esfumó como agua por el desagüe tras pagar las últimos cuotas del crédito del banco.
Sepsis, total e incontrolable.
Mirna
Los dolores de cabeza empezaron a ser cada vez más frecuentes.
Mirna pasaba de cuatro a seis horas en el hospital recibiendo el tratamiento para controlar el tumor que empezó a crecer de manera inmisericorde en el lóbulo frontal de su cerebro.
Después de la ultima audiencia, su hijo salió bajo libertad condicional. Tenía que hacer varias horas de servicio social en el orfanato municipal y firmar todas las semanas ante un juez. Juan había dado el visto bueno para que ocupe uno de los departamentos del edificio que estaba desocupado, con la condición de que se tenía que ir apenas venga un arrendatario. Ese día nunca llegó. La gente se aterraba solo de pensar en vivir cerca de donde duermen los criminales más peligrosos del país.
El joven conoció muchos miembros de la mafia en prisión. Aprendió de ellos una práctica común: incendiar sus locales para cobrar el seguro. Y así fue que, un día jueves en que su madre salió al hospital para su tratamiento, el joven delincuente llegó con dos bidones de gasolina y una caja de cerillos al edificio.
Los bomberos trataron de apagar las llamas, pero ya era muy tarde. Esas zonas olvidadas de la ciudad suelen ser las últimas en ser atendidas por los servicios públicos.
El terror se apoderó del hijo de Mirna al enterarse de que las últimas cuotas del seguro estaban impagas, pues ese dinero se usó para el tratamiento de su madre. Se quedó pasmado, con la mirada fija en las últimas llamas que se apagaban bajo la primera lluvia de ese invierno.
Juan
Volví, pero para morir. En el ocaso de la vida, me di cuenta de que todo por lo que había trabajado durante mis años dorados se convirtió en cenizas.
10:43 am marcaba el reloj cuando dejó de respirar y la línea verde quedó horizontal para siempre sobre la pantalla negra. Yo había vuelto dada la urgencia. El cuadro se complicó en poco tiempo, sin darnos tiempo para mayores despedidas.
El viaje fue largo, con muchas escalas en dos ciudades diferentes. La última conexión la perdí por causa de un simulacro de bomba. Al llegar a la puerta de embarque ya era muy tarde. Cinco horas más tarde, finalmente pude conseguir el último vuelo pagando una multa absurda.
Ni modo. Ya estoy aquí.
Pero el edificio ya no está
y Mirna, tampoco.
ED
Comments